El cisma que interpela a la Iglesia.
Dr. Jorge Alberto Norero González/Guayaquil.
La consagración de cuatro obispos sin autorización del Papa León XIV no constituye únicamente un acto de desobediencia canónica. Es la manifestación visible de una fractura que se ha venido incubando durante décadas y que hoy coloca a la Iglesia Católica frente a uno de los desafíos más complejos de nuestro tiempo.
Toda institución necesita preservar su unidad. Sin ella, pierde cohesión, identidad y capacidad de cumplir su misión. Sin embargo, la autoridad solo alcanza plena legitimidad cuando va acompañada de credibilidad moral.
Y es precisamente allí donde la Iglesia enfrenta su prueba más difícil.
Durante los últimos años, millones de católicos han contemplado con dolor los innumerables casos de abusos sexuales cometidos por miembros del clero y las denuncias de encubrimiento por parte de algunas autoridades eclesiásticas. No se trata de hechos aislados, sino de una crisis que ha afectado profundamente la confianza de los fieles y la imagen moral de la institución.
Por ello, el nuevo cisma no puede analizarse únicamente desde el derecho canónico. También debe entenderse desde la crisis de confianza que vive la Iglesia.
Muchos creyentes se preguntan si la misma energía con la que se sanciona una ruptura disciplinaria no debería reflejarse también, con idéntica firmeza, frente a quienes han traicionado el Evangelio mediante delitos contra niños y personas vulnerables.
No se trata de enfrentar una crisis contra otra. Se trata de comprender que la unidad de la Iglesia no depende únicamente de la obediencia a la autoridad, sino también de la autoridad moral de quienes la ejercen.
El Papa León XIV recibe una Iglesia que necesita cerrar heridas doctrinales, pero también sanar heridas humanas. Tiene la responsabilidad de tender puentes con quienes se han separado de Roma, sin renunciar a la doctrina, y al mismo tiempo fortalecer una cultura de transparencia, justicia y protección de las víctimas.
La historia demuestra que las instituciones no se debilitan por reconocer sus errores; se debilitan cuando intentan ignorarlos. La verdad, por dolorosa que sea, siempre constituye el primer paso hacia la reconciliación.
Quizá el mayor desafío del actual pontificado no sea solamente impedir que un nuevo cisma se consolide. Tal vez sea demostrar al mundo que la Iglesia puede recuperar plenamente la confianza de los fieles mediante el ejemplo, la coherencia y una justicia que no haga excepciones.
Porque la autoridad sin credibilidad inspira obediencia; pero la autoridad unida a la verdad, la justicia y el testimonio inspira fe.
Semper Fi.
