Opinión

El cinismo de los brujos del poder.

Dr. Jorge Alberto Norero González/Guayaquil.

 

Hubo un tiempo en que Lenín Moreno era presentado por el correísmo como el rostro humano de la revolución ciudadana. El hombre sensible, conciliador, solidario. El heredero político de Rafael Correa y la continuidad “natural” de un proyecto que se vendía como eterno. Hoy, esos mismos que lo exaltaban lo tratan como apestado político, traidor y enemigo público. Así funciona el fanatismo: mientras sirves al altar eres santo; cuando rompes el hechizo, te conviertes en demonio.

El regreso de Moreno al Ecuador, después de cinco años en Paraguay, para enfrentar personalmente el proceso judicial del caso Sinohydro, ha provocado una reacción histérica dentro de la Revolución Ciudadana. No les indigna únicamente que comparezca ante la justicia; les aterra lo que pueda decir. Porque cuando un hombre que estuvo sentado en el corazón del poder decide hablar, las máscaras empiezan a caer.

Moreno sostiene que las acusaciones en su contra fueron fabricadas por Ronny Aleaga y sectores vinculados al correísmo como represalia política tras la ruptura de 2018 y la eliminación de la reelección indefinida. Pero más allá de quién tenga razón en el terreno judicial, hay una realidad política imposible de ocultar: el caso Sinohydro no nació en el vacío ni apareció por generación espontánea. El contrato fue firmado durante el gobierno de Correa, la obra fue presentada como símbolo de la transformación energética del país y la supervisión política de los sectores estratégicos estuvo bajo responsabilidad de Jorge Glas.

Entonces surge la pregunta inevitable: si existió corrupción, sobreprecios, sobornos o una estructura mafiosa alrededor de Coca Codo Sinclair, ¿cómo pretenden convencernos de que nadie más sabía nada? ¿Cómo es posible que todos los responsables políticos aparezcan siempre como víctimas de subordinados invisibles mientras técnicos, operadores y funcionarios menores cargan eternamente con la culpa?

El caso Sinohydro investiga presuntos sobornos millonarios ligados a la construcción de la hidroeléctrica Coca Codo Sinclair, obra que además arrastra graves cuestionamientos técnicos y miles de fisuras estructurales denunciadas durante años. Y aquí aparece una de las mayores ironías de esta historia: fue el propio Moreno quien, ya como presidente, terminó denunciando públicamente las fallas de una obra que durante el correísmo fue presentada como emblema de soberanía, eficiencia y modernidad.

Ahora los brujos del poder gritan indignados porque el antiguo discípulo regresó a romper el pacto de silencio. Lo acusan de haber pactado con el gobierno de Daniel Noboa, de querer destruir a la Revolución Ciudadana y de conspirar contra “el mejor gobierno de la historia”. El problema es que el relato épico empieza a desmoronarse cuando los protagonistas de ayer se contradicen entre sí y comienzan a disputarse las culpas.

El cinismo político alcanza niveles grotescos cuando quienes durante años controlaron absolutamente todas las funciones del Estado ahora quieren aparecer como perseguidos inocentes de una trama que, según ellos, nadie conocía. Pretenden que el país crea que las grandes decisiones estratégicas se tomaban sin responsables políticos, como si miles de millones de dólares hubiesen circulado en piloto automático.

Moreno, del hombre más querido del correísmo, pasó a ser el más odiado. Pero esa transformación no revela únicamente una traición política; revela algo mucho más profundo: en los movimientos construidos alrededor del culto a la personalidad no existen compañeros, sólo fieles temporales. El que deja de obedecer es sacrificado públicamente.

Y aunque muchos quieran minimizarlo, el regreso de Moreno ocurre en el peor momento posible para la Revolución Ciudadana. Porque cualquier declaración, documento o revelación que involucre a Correa, Glas o antiguos operadores del régimen puede convertirse en un terremoto político de consecuencias imprevisibles para el futuro electoral del correísmo.

La historia dirá quién miente y quién dice la verdad. Pero algo ya quedó claro: los mismos que antes llamaban hermano a Moreno hoy lo quieren crucificar. Y eso demuestra que en la política ecuatoriana el problema nunca fue la moral… sino quién controla el altar.

*Semper Fi.*