Opinión

El Castillo de Cristal

Eliana Cañizares / Guayaquil

eliana.canizares@casagrande.edu.ec

 

Cuando tenía 10 años descubrí, en lo más alto del ropero de mi papá, un viejo libro de portadas amarillas, titulado El Castillo de Cristal. Lo leí en tres días, y pronto se volvió mi libro favorito.

Este cuenta la historia autobiográfica de Jeannette Walls, una niña que creció viajando por todo Estados Unidos con su familia excéntrica, hasta que se mudó a Nueva York y se convirtió en periodista. A lo largo de todo el relato, Rex, el padre de Jeannette, le prometía a ella y a sus hermanos construirles un castillo de cristal, con paredes de espejo y pisos de mármol brillante.

Poco a poco los hermanos fueron creciendo, y el sueño del castillo se apagó. Cada uno fue haciendo su vida y dejando atrás a los niños que un día corrían por el desierto buscando pepitas de oro. Excepto Jeannette.

Rex Walls murió sin haber construido el castillo.

Creo que ahora, diez años después de leer el libro, recién entiendo lo que significa realmente la metáfora de ese castillo de cristal. Y lo entiendo porque yo también tengo un papá que trabaja todos los días para que yo tenga hasta más de lo que necesito. Tengo un papá que me quiere construir un castillo de cristal.

Pero él no sabe que yo ya lo tengo gracias a él. Él construyó los cimientos de mi castillo, para que yo pudiera ser la que lo termine. Y por eso le estoy siempre agradecida.

Como Jeannette, yo tengo un papá que respeta mis creencias, aunque no siempre las comparta. Tengo un papá que me deja ser quien soy, y me enseña que puedo soñar igual de grande que él.

Mi papá me enseñó a trabajar duro, a ser puntual, y a nunca olvidar nuestro lado infantil. Me enseñó que el mundo no es solo lo que puedo ver, y que a veces toca perderse en la segunda dimensión de un aeropuerto para aprender eso.

Me demostró lo que es tener compasión, y lo importante que es la justicia.

Mi papá fue el que me enseñó a no tenerle miedo a las películas de terror, pero aún lo llamo en la madrugada para que mate a las cucarachas. Es el que me lleva a mis reuniones o entrevistas, sin importar qué tan lejos sean, o el tiempo que tenga que esperar.

Fue quien vio conmigo ocho temporadas de The Walking Dead, entre dormido y despierto. Ese es mi castillo de cristal. Y el día que llegue a ser una periodista reconocida, sé a quién agradecerle.