Opinión

El calvinismo

Dr. Diego Almeida Guzmán/Quito

Forbes Ecuador

 

El calvinismo parte de rechazar toda y cualquier pretensión de otorgar a los hombres cualidades de iluminados, habilitantes de facultades interpretativas de las Escrituras al antojo vaticano.

Es la teoría o doctrina desarrollada por Juan Calvino (1509 – 1564), teólogo francés refugiado en Suiza a raíz de la persecución que sufre M. Lutero por la Iglesia Católica. Aquí encuentra el ambiente propicio para profundizar en una nueva aproximación al cristianismo. Con connotaciones particulares que lo distancian del luteranismo, sí que el calvinismo tiene fuente teológica en la Reforma de Lutero. De hecho, en 1540 Calvino suscribe la segunda edición – revisada – de la Confesión de Augsburgo. La primera versión de tal Confesión fue publicada en 1530 como respuesta a la Dieta convocada por Carlos V. Tenía por principal objetivo convertirla en un documento conciliador con la iglesia de Roma, lo cual fue desaprovechado por el papa y por el emperador, marcándose así la ruptura definitiva de la Reforma con la Iglesia Católica. La necedad del Vaticano a adecuarse a realidades sociales evidentes ha sido su penosa constante histórica.

El calvinismo parte de rechazar toda y cualquier pretensión de otorgar a los hombres cualidades de iluminados, habilitantes de facultades interpretativas de las Escrituras al antojo vaticano. El calvinista es un cristiano que accede a la salvación por «gracia soberana» de Dios. La fe es una dádiva celestial en la cual no interviene el ser humano, y por tanto aislada completamente de la voluntad misericordiosa de ningún hombre. Impugna y refuta la existencia de santos… creaciones alejadas de la Biblia, impuestas por la iglesia con propósitos en nada cristianos pero políticos.

Lo anterior está sustentado en Romanos 3:10-12: «no hay justo, no hay quien entienda; todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno». Ello significa que solo Dios ayuda al hombre, no otros hombres. El sacerdocio no tiene rol en la salvación de la persona. Puede verse, pues, la seria afrenta a una iglesia que, como la católica, sustenta su poder en la curia antes que en la propia «palabra de Dios», en general conveniente a intereses terrenales. En consecuencia ineludible, para Calvino, la misa no es un rito de sacrificio alguno, ni quienes la celebran representan a Dios. El «clero calvinista», si así podemos llamarlo, sin en realidad serlo, no transmite algo distinto de la Palabra de la Biblia. Mal puede alguien adecuarla a interpretaciones que, como tales, dejan de ser manifestaciones espirituales. En esa virtud – para reproche del «clero católico» – el hombre está convocado a protestar contra la autoridad del papa, que raya en autoritarismo, y en su lugar aferrarse a un rigor de vida por convicción propia.

En la ruta reseñada, Calvino fue aún más lejos. Expuso con dureza su posición contraria a lo que consideraba muestras diabólicas de la Iglesia Católica. Entre estas incluyó al purgatorio, a las ceremonias por los difuntos, a las súplicas a los santos y a su intercesión por las almas de los cristianos. La reacción de los calvinistas fue brutal: echaron abajo iglesias y destruyeron reliquias… inventos católicos morbosos. La vida monástica fue reputada de aberración tanto por lo que representaba en su proyección humana, cuanto por lo gestado al interior de los monasterios. Prolífica es la literatura alrededor de estos. Baste, por ahora, citar a esa magnífica novela, relativamente reciente (1980), de Umberto Eco, El nombre de la rosa. Al margen de su dramatismo tiene antecedentes históricos a rescatar; está ambientada en una abadía católica del siglo XIV en los Apeninos.

Cinco enunciados sustentan el calvinismo. Conforman la base de su teorización religiosa. A saber, la depravación total, la elección incondicional, la expiación limitada, la gracia o llamamiento irresistible y la perseverancia de los santos. La caída del hombre en el Edén fue absoluta; el pecado se extiende a todo hombre y en su cabalidad. Según Salmos 51:5, «en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre». En secuela, la salvación para el calvinismo solo depende de la voluntad de Dios, no del perdón de los pecados por individuo alguno, como pretende la Iglesia Católica a través de la confesión y de la comunión. La elección de a quién salvar y a quién condenar es privativa de Dios. No todos serán escogidos, pero en exclusiva aquellos por los cuales el Supremo opte; la expiación es limitada.

Los principios referidos concurren en la provisión divina, no humana, de la gracia para llegar a la salvación. Constituye un efectivo llamado al cual el mortal no puede resistirse, siendo que proviene únicamente de la «pura creencia bíblica»… palabra de Dios; el mortal mal puede acomodarla. La perseverancia en la santidad es una concesión divina a los hombres escogidos, que no por ello son titulares de virtud propia alguna en tanto es dadiva privativa de Dios. (O)