Opinión

El ataque a Salman Rushdie es una advertencia sobre hacia dónde nos dirigimos

Cuando el ayatolá iraní Ruhollah Jomeiní declaró una sentencia de muerte para el escritor Salman Rushdie en 1989, su fetua fue percibida como un desafío directo a los valores estadounidenses más básicos.

Pero para el momento en que un asaltante vestido de negro apuñaló varias veces a Rushdie en un evento la semana pasada, el ataque se sintió menos como una afrenta a nuestros ideales compartidos y más a una premonición de hacia dónde nos dirigimos.

Si eres demasiado joven para recordar el final de la década de 1980, es probable que no comprendas el símbolo imperante de la libertad occidental en el que se convirtió Rushdie. Esto fue después de que publicara su novela Los versos satánicos, en la que retrató al profeta Mahoma de una manera que enfureció a los clérigos radicales de Irán.
Durante muchos años, Rushdie permaneció en su mayor parte fuera del ojo público, aunque reapareció una noche en 1991 en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia, donde habló sobre la santidad de la Primera Enmienda. Cada aparición pública que hizo en la década posterior a la fetua, siempre con seguridad privada cerca, constituyó un acto de admirable valor.

Si acaso hubo algún debate sobre lo justo de la causa de Rushdie, no lo recuerdo; incluso Jimmy Carter, quien condenó el libro en un pusilánime artículo de opinión en The New York Times, defendió el derecho de Rushdie a ser escuchado. En aquel entonces, prácticamente todo el mundo estaba de acuerdo en que la democracia exigía tolerancia básica y libertad de expresión, incluso si a veces discutíamos de forma vehemente sobre qué tipo de discurso era apropiado para el público.

Esos fueron los días en que la Unión Estadounidense de Libertades Civiles (ACLU, por su sigla en inglés) defendió los derechos de los simpatizantes nazis a marchar por las calles de Illinois. Y cuando incluso los presidentes republicanos exaltaron a la prensa estadounidense como un contraste a la represión comunista y los regímenes teocráticos, a pesar de su evidente desprecio por lo que escribían los periodistas.

También fueron los tiempos en los que los líderes de ambos partidos rechazaban la retórica violenta —por no hablar de la violencia real, como el atentado de Oklahoma City— como respuesta a agravios políticos o religiosos. Quizás recuerdes que en 1995 el expresidente de Estados Unidos, George H.W. Bush, renunció de la Asociación Nacional del Rifle (NRA, por su sigla en inglés), un importante grupo de apoyo político, luego de que la organización se refiriera a los agentes federales como “hampones abusivos”. (La NRA pidió disculpas; Bush no cedió).
En la actualidad, los miembros del movimiento conservador que alguna vez se autoproclamaron como un baluarte contra la ley de la calle ni siquiera son capaces de conseguir las agallas para distanciarse de un ataque armado contra el Capitolio. En su lugar, se humillan ante un líder que se habría unido a la turba si alguien hubiera estado dispuesto a llevarlo.
Dos días después de que Kevin McCarthy, el republicano líder de la minoría de la Cámara de Representantes, respondiera al allanamiento realizado por el FBI en Mar-a-Lago la semana pasada afirmando que el Departamento de Justicia estaba en “un estado intolerable de politización convertida en arma”, un hombre armado y aparente simpatizante de Donald Trump, intentó ingresar a la sede del FBI en Cincinnati.

Mientras tanto, como bien señala mi colega de The Washington Post, Margaret Sullivan, los conservadores culturales de todo el país se están duplicando como bibliotecarios escolares, eliminando libros de autores como Toni Morrison, Maya Angelou y Maurice Sendak. Los republicanos mainstream los animan.

El momento exige una respuesta valiente e intelectualmente liberal. Buena suerte con eso. El compromiso de la izquierda al debate abierto prácticamente ha desaparecido cuando más lo necesitamos, ya que un número sorprendente de activistas y académicos abrazan la idea de que la libertad de expresión es una herramienta de opresión utilizada por la élite blanca.

¿Es algo de esto igual de atroz que incitar a extremistas violentos? En la escala variable de conductas antidemocráticas, no. Pero pregúntate lo siguiente: Si Rushdie hubiera escrito su libro en 2022 en lugar de 1988, y si la blasfemia no hubiera girado en torno al Islam sino, digamos, a la noción de la izquierda de la fluidez de género, ¿cuántos demócratas prominentes se habrían levantado a defender su libertad artística?

Muy pocos. Y eso representa un problema, porque la única respuesta ganadora a la anarquía y la censura es una dedicación renovada a los ideales democráticos fundamentales, y no solo cuando reafirman tu visión del mundo.

Al final, Rushdie no estuvo a salvo en Estados Unidos. Y tampoco lo estamos, me temo, el resto de nosotros.

The Washington Post