Opinión

El arte latinoamericano contra el modelo Picasso

Ignasi Aballí, uno de los grandes artistas conceptuales de nuestra época, ha firmado la intervención más radical de la 59 Bienal de Arte de Venecia. Descubrió en los planos del pabellón de España una extraña desviación de 10 grados en el edificio. La ha corregido. Al entrar en el espacio no se ve nada más que unas paredes blancas que varían ligeramente de las que ocultan. El vacío destaca la fuerza desnuda de la idea. La interpretación política no es ni insinuada. El texto de la curadora, Bea Espejo, abunda en preguntas. Las respuestas las tiene que encontrar el espectador.

La Bienal es pura geopolítica. En la de este año destaca el pabellón ruso, cerrado a cal y canto. Y, en días pasados, el mensaje de pésame por la muerte de la reina Isabel II a la puerta del británico. Pero, más allá del contexto de 2022, el prestigioso festival confirma un profundo giro ideológico. Reafirma que el arte asume su naturaleza colectiva, el mismo año en que la feria documenta 15 de Kassel, Alemania, ha sido curada por la agrupación Ruangrupa (que ha impulsado proyectos como Relatos Lumbung).

El año que viene se celebrará por todo lo alto el 50 aniversario de la muerte de Pablo Picasso y, aunque en los últimos días se ha discutido sobre su improbable cancelación, no hay duda de que su obra continúa vigente y activa, pero que ha caducado su modelo humano. Y creativo. Porque Picasso encarnó la figura del genio romántico, matérico e intempestivo, individualista y vertical, indiferente a los cuidados. Y en nuestra época predominan los proyectos grupales, el diálogo horizontal entre artistas, colaboradores y curadores, el uso de tecnologías digitales en conversación con las analógicas y la responsabilidad emocional.

Para constatarlo, no hay más que visitar en Venecia los pabellones de Chile, México y Argentina. Implican a un gran número de artistas, comisarios, asesores, colaboradores, lenguajes artísticos y dimensiones de la realidad. Sus personalidades son fuertes aunque diversas; son heterogéneos pero compactos.

Como dice la filósofa Marina Garcés en su libro Malas compañías: “Somos una expresión cultural en la que se acumula, consciente e inconscientemente, la experiencia colectiva que nos permite existir”, pero “nos aferramos todavía, quizá por un afán de contradicción, a la ficción de la voz propia”, porque en lo que respecta a “la autoría, esta ficción deviene un argumento de éxito y de poder”. Es un espejismo, porque esa ilusión de trabajo individual, si no solipsista o ególatra, obvia la pregunta esencial: “¿A través de quién pensamos y hablamos? En este a través se abre otra geografía del pensamiento: la de las voces indirectas”. Esa constelación de interlocutores que hacen posible la relevancia de una obra más allá de un yo.

El proyecto de Chile, “Turba Tol Hol-Hol Tol», reivindica el ecosistema de las turberas, el más efectivo de la naturaleza para la acumulación del carbono atmosférico. Curado por Camila Marambio, combina ciencia, arte y conocimiento tradicional en una instalación inmersiva que incluye un perfume natural que te transporta olfativamente al paisaje patagónico. Cuatro artistas firman la obra junto con otras 25 personas. Se vive rodeado de pantallas que proyectan figuras humanas y de vegetación real, entre la tecnología y la botánica.

“Hasta que los cantos broten”, la propuesta de México, muestra casi superpuestas en un único recinto las obras de otros cuatro artistas —Mariana Castillo Deball, Naomi Rincón Gallardo, Fernando Palma Rodríguez y Santiago Borja—, que convergen en la exploración de prácticas de conocimiento que no han sido colonizadas y que resisten ofreciendo alternativas al mito del progreso occidental. El momento en que las muñecas de Palma Rodríguez descienden desde el techo hasta el nivel de las inscripciones de Castillo Deball en el suelo es realmente mágico. Y evidencia que la curaduría —en este caso de Catalina Lozano y Mauricio Marcin—, con sus cortocircuitos, es una forma de creación.

En “El origen de la substancia importará la importancia del origen”, la propuesta de Argentina, encontramos la yuxtaposición de poéticas y obras en principio muy distintas, pero que encuentran la complementariedad y la armonía no solo en su dimensión museográfica, sino también en la paralela del catálogo. Las videocreaciones digitales de Mónica Heller, de un surrealismo pop que penetra con naturalidad en los metaversos actuales, encuentran en el viejo artefacto de la antología en papel una nueva vía de significado. Varios artistas visuales y los escritores experimentales Pablo Katchadjian y Bárbara Wapnarsky crean conjuntamente el libro Sed de éxito, escrito en lenguaje inclusivo y conceptualmente: pura inclusión. lo que será real.

 

 

 The Washington Post