Opinión

El amor por el Ecuador

Jorge Gallardo Moscoso/Guayaquil

 

La fecha invita a ser consecuentes con el día mismo y el mes inclusive consagrados al amor y a la amistad que, de paso, se alarga un día más por año bisiesto. Aun así, arriesgo ingresar en terreno pantanoso y permitir espacios para la paradoja, figura gramatical que admite las más hermosas contradicciones. Porque si la situación del país no es la mejor, sin embargo, la declaratoria gubernamental de estado interno de guerra hace que su población busque en la caja de pandora la esperanza y parece, al fin, haberla encontrado, al principio pequeñita y se empeña por engrandecerla cada día.

Mientras la mayoría eligió su primer mandatario a un ciudadano que había fallado dos veces consecutivas en el mismo intento, éste no llenó las expectativas en su gestión pese a sus antecedentes de prestigioso y exitoso empresario privado inclusive acortó su periodo estrenando una malhadada disposición constitucional. Aun así, en medio del temor ciudadano de que un gobierno de pésima recordación vuelva al poder, el ecuatoriano confía en seguidilla en un joven político de derecha, perteneciente a una multimillonaria familia, quien hasta ahora y desde noviembre pasado que asumió funciones, gobierna con más aciertos que errores. Está consiguiendo lo que se presagia imposible: unidad nacional para impedir el desastre total, esforzarse y enderezar rumbos apuntando al bienestar general.

Buenas son las señales de confianza que se funden en una comunidad a poco venida muy a menos por la brutal y creciente arremetida de la inseguridad causada por las organizaciones terroristas, criminales, extorsionadoras, vacunadoras y más. La voluntad política del gobernante, la solidaridad y colaboración latinoamericana, la presencia y directa participación del país más poderoso del mundo, los EE. UU., el inexpugnable accionar de la fiscal general del Estado, el trabajo conjunto de la Policía Nacional y las Fuerzas Armadas, son, entre otros ejemplos, demostración palpable de que sí es posible mancomunarse por el bien de la colectividad y por el buen posicionamiento del país en el concierto de naciones.

Las necesidades insatisfechas son tantas que es imposible superarlas pronto. Allí están y son suficientes como muestra las penurias económicas y financieras, la reducida inversión y la falta de empleo, las deficitarias atenciones en salud y educación, la golpeada agricultura y las destruidas carreteras. Más, si se sabe que al mismo tiempo no pueden resolverse todos los problemas debe entenderse que se lo hará anteponiendo prioridades -como es la lucha inclaudicable y de férrea sanción a la corrupción pública y privada-, a fin de que los ecuatorianos vivan el justo y tan anhelado cambio positivo.

Un comportamiento revestido de obligaciones morales, cívicas y patrióticas tiene un infinito significado de amor y amistad. Por ello es necesario saludar y felicitar este febrero a todos los ecuatorianos que han asumido esa línea, y lo que debe augurarse es que pese a las dificultades se mantengan en ella y que cada día se sumen otros, quizás todos, para superarlas y hacer de este territorio lo que siempre debe ser:  una muy pequeña y gigantesca nación.