Opinión

Eduardo Luque Hidalgo: Un maestro de la fusta

Silvio Devoto Passano

sidepaderby@hotmail.com

Debo declarar que sentí siempre un especial afecto por este extraordinario látigo, que, de haber sido más controlado en su vida personal, estaría entre los más recordados del firmamento hípico internacional por sus innatas condiciones, su perfecto dominio del purasangre, su talento para medir la capacidad de su conducido y la pronta lectura de la carrera, exigiendo en el momento justo sin perder en lo más mínimo de su postura.

En épocas donde a nivel deportivo el Ecuador apenas recordaba las muy lejanas hazañas del eterno Pancho Segura y empezaba a saborear la nobleza goleadora de Alberto Spencer, surgía un grupo de nuevos látigos ecuatorianos tras las huellas vencedoras del gran Walter Carrión, el “negro” Vaca tornando al país, Eliseo Dillon en sus días postreros como jinete de excepción, muchachos como Leonardo Mantilla, Jesús Yánez y Eduardo Luque que muy joven hacía sus primeros pininos en “La Carolina” de Quito de la mano de su señor padre, Segundo, que trasmitía sus conocimientos al joven Eduardo, igual que luego lo hiciera con Félix, Oscar Ricardo, Pepe y Clemente, éste en el cuidado y entrenamiento de puros de carreras, de los cuales Vaca, Mantilla y Eduardo, junto a Carrión en la década de los cincuentas y setenta pusieron muy en alto el nombre de nuestro país a nivel internacional.

Eduardo apareció en el “Santa Cecilia” y ya en la primera temporada, 1956, aún como aprendiz, dio mucho que hablar con su muy buen desempeño que lo llevó a disputar la Estadística con látigos extranjeros y nacionales que habían destacado internacionalmente. Finalmente remató tercero detrás de los chilenos Oscar Bravo y Mario Catalán, para ganar de inmediato la primera estadística del “Costa Azul, saliendo victorioso en varios clásicos como ejemplares del primer lote que le eran confiados por la bondad de su monta.

Vinieron luego estadísticas para Eduardo que pudieron ser más de no mediar sus varias salidas al exterior, iniciado con Cali y luego, años después Bogotá donde sobresalió entre sus pares mereciendo los mejores calificativos de la exigente prensa bogotana.

Tras innumerables victorias en Hipotecho volvió a Ecuador y nuevamente lució entre los mejores ganadores de carreras viajando nuevamente en 1975 a Bogotá donde en muy pocas semanas, tras haber llegado a mediados de Febrero, aparecía ya primero en la estadística.

Visité Bogotá en un par de ocasiones en la década del setenta y me enorgullecí como ecuatoriano verlo ganar con su acostumbrada sapiensa y elegancia, ser testigo de los aplausos multitudinarios de una afición que se entregaba por entero al “flaco ecuatoriano que dictaba verdaderas lecciones arriba de una fina sangre.

En Panamá fue igual, llegar y amigarse con el éxito fue cuestión de minutos. Plaza difícil para los jinetes extranjeros desde que el chileno José Bravo acabara con el Ídolo Blas Aguirre, se las ponían difícil a los visitantes, orgullosos con toda razón de la bondad de su monta al punto de rezar el membrete Hipódromo Presidente Remón, Cuna de los mejores jinetes del mundo.

Y no era para menos, de allí salieron estrellas del sillín como Braulio Baeza, Manny Ycaza, Jorge Velásquez, Laffit Pincay Jr. Y Jacinto Vásquez que impusieron un estilo nuevo en la hípica norteamericana estando todos ellos en el Salón de fama.

Ahí, en Panamá, junto a los “monstruos”, Eduardo Luque cortó rabo y oreja como dirían los taurinos, ganar y ganar fecha a fecha enloqueciendo a sus compañeros de profesión y alegrando las tardes del Remón con sus lúcidas conducciones.
La campaña de Eduardo Luque continuó hasta los primeros años del moderno Buijo, cuando optó por retirarse, grande como siempre sobre la silla de uno de los grandes caballos que condujo, el legendario Curro.

En las primeras temporadas del “Santa Cecilia” y del “Costa Azul” fue llamado a conducir grandes caballos, Abalharo y Dalila del “Campanazo”, Benz del “Taura”, Shylock del “Guayas” el gran EXCELANCE el día que venció a Peter Flower de punta a punta (hay que decirlo recibiendo quince kilos, Perdición, Chevriere, Yatch y el propio “Peter Flower”, en reaparecida con la blusa del “Taura”.

Luego, todos los llamados “grandes” de la cuadra que fuere, como San Diego, Mar Negro, el triple coronado Pechiche, El Toto, ganando de atrás a Directivo, y decenas de primera series que obtuvieron su mejor rendimiento bajo tan prodigiosas manos.

Los mejores caballos que condujo
Sin lugar a dudas Peter Flower en Ecuador, Tequendama en Colombia y Vanidoso en Panamá, me dieron grandes satisfacciones.

En el cofre de los recuerdos se añejan más de una vivencia de la campaña de Eduardo Luque, de las buenas y hay que decirlo, también de las otras.

Cuantos buenos recuerdos dejó en sus tres décadas de actuación profesional y cuantos más pudo heredar nuestro turf de haber sido más apegado a la disciplina.

Entre las “otras” vivencias de Eduardo recordamos la de Palo Blanco, ejemplar chileno propiedad de Fernando Ponce Luque que gano varias veces por él conducido, corrían un clásico de importancia y el “flaco” voluntariamente decidió concentrarse en las propias pesebreras durante la semana previa al compromiso , se le adecuó una vivienda con las comodidades esenciales y Eduardo muy temprano sacaba a galopar al caballo, luego trotaba para hacer piernas, se alimentaba con una dieta especial, es decir todo lo necesario para estar en el sumun de sus formas el día de la carrera.

Así transcurrió la semana y el día domingo llegó don Fernando Ponce al establo, conversó con Eduardo y este hizo un préstamo para ir a la casa, afeitarse, ponerse un traje como acostumbraba en las grandes ocasiones. El patrón lo mandó a dejar en su automóvil a su casa, en fin todo listo para la carrera, un gran caballo, Palo Blanco, es impecable forma física para una carrera tan importante, y un jinete cuidado como nunca antes para rendir al máximo.
Llego la hora de la carrera y Eduardo no apareció nunca, se había encontrado con unos amigos y se los olvidó la carrera.

Alguien dijo con alguna razón… así son los genios…

Eduardo Luque Hidalgo nació en Guayaquil el 20 de enero de 1938, su padre, Segundo, jinete del entonces llamado “vieja guardia” con Antonio Montero, Juan y Eliseo Dillon, Francisco Alencastro, Sixto Lozada, Victoriano Lima y Esperidión Codel entre otros y luego exitoso entrenador de caballos y su madre Mary, conocedora de las cosas de la hípica como muy pocas, se dedicó a criar nada menos que una decena de hijos, seis varones y otras tantas mujeres, sin dejar eso sí de asistir puntualmente a carreras.

Los seis hermanos activaron en la hípica, Eduardo, Félix (+), Oscar, Ricardo, Pepe (+), jinetes y Clemente (+), preparador.

Un mal recuerdo en carreras

“La vez que perdí con Mar Negro ante Marrón por mínima”. Nadie me dijo que el caballo cuando se amurraba en los cincuenta finales cuando dominaba, entré a ganar y el caballo se entregó, lo llamé al orden con la fusta pero ya Marrón me había dominado y no lo alcance a recuperarme. Ese día no me ganaban”.

Su primer triunfo lo alcanzó en “La Carolina” con Chula, que entrenaba su padre, ganando el mismo día con Rama de igual preparación.

Hoy Eduardo reside en New Jersey junto a sus hijos mayores y viene cada cierto tiempo a visitar su querido Guayaquil, a sus amigos de la hípica, es un “nuevo hombre”, entregado al Señor desde hace más de tres lustros, son los mejores años de mi vida.

Son muchas las anécdotas de Eduardo que compartirlas en esta revista sería imposible, lo importante es destacar la trayectoria de un jinete de excepción que puso muy en alto el nombre de nuestro país en Colombia y Panamá.

Desde Shylock hasta Curro, pasando por decenas y decenas de campeones, los viejos hípicos disfrutamos de las sensacionales conducciones de este grande de la fusta. Que suerte la nuestra.

Jinete de grandes caballos igual, en Colombia y Panamá

No solo en Ecuador fue llamado a conducir los mejores caballos del momento, igual sucedió en Hipotecho donde corrió al glorioso Tequendama y en el Remón donde fue jinete de Vanidoso.

En Hipotecho cada vez que llegaba era llamado por Manuel Munar para conducir los caballos de la mejor cuadra, Santa Lucía, y en el Remón lo solicitaba a diario Luis Farrugia que tanto ayudaría luego a Enrique Yánez.

Sus más fuertes rivales

“En mi país admiré siempre a dos grandes jinetes, Leonardo Mantilla, inteligente, ordenado y valiente que nunca perdía la postura por intensa que fuera la lucha y Abel Vaca, era un peligro tenerlo al lado, muy enérgico y lleno de recursos, ente los extranjeros recuerdo mucho a Bernardo García, que vino muy joven allá por 1957 y Santiago Soto en los años setenta”.

“En Panamá rivalicé entre otros con Hernán Mora que me dijo a poco de verme conducir voy a tener que repartir contigo las carreras y en Colombia me gustaron Oscar Manzuera, Santiago Calle y José Luis González”.

“Con todos ellos me las tuve que ver muy en serio, gané y perdí dando siempre espectáculo”.

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