DOS GUERRAS, UN MISMO RIESGO GLOBAL
Dr. Jorge Alberto Norero Gonzaléz/Guayquil.
El mundo observa dos conflictos que, a primera vista, parecen distantes y diferentes: la confrontación entre Irán y Estados Unidos y la guerra entre Rusia y Ucrania.
Uno se desarrolla en el estratégico Golfo Pérsico; el otro, en el corazón de Europa. Uno tiene como uno de sus puntos críticos al estrecho de Ormuz; el otro se ha convertido en una prolongada guerra de desgaste.
Sin embargo, analizarlos por separado puede conducirnos a una conclusión equivocada.
Desde el Método Norero de Análisis de Riesgo Geoestratégico (MNARG), el verdadero peligro no está únicamente en cada conflicto, sino en la convergencia de sus efectos.
Una crisis puede producir otra.
Un ataque puede alterar el precio del petróleo. El petróleo puede afectar la inflación. La inflación puede modificar decisiones económicas y políticas. Las decisiones políticas pueden cambiar las prioridades militares. Y estas, a su vez, pueden repercutir sobre el otro escenario de conflicto.
Es una cadena.
Guerra → energía → economía → política → seguridad → nueva respuesta militar.
Ese es precisamente el concepto que el MNARG denomina riesgo por convergencia.
En el caso de Irán y Estados Unidos, el estrecho de Ormuz constituye un punto de enorme importancia estratégica. No se trata solamente de un espacio geográfico: es un nodo cuya alteración puede repercutir sobre los mercados energéticos, el transporte marítimo y la economía mundial.
En Ucrania, en cambio, el riesgo principal está asociado a la prolongación de una guerra de desgaste, al consumo de recursos militares y financieros y a la posibilidad de que un incidente involucre directa o indirectamente a otros miembros de NATO.
Son dos arquitecturas diferentes de riesgo.
Pero ambas están conectadas por un mismo sistema internacional.
Y aquí aparece una pregunta que considero mucho más importante que preguntarnos quién puede ganar una determinada batalla:
¿Qué ocurre si dos conflictos estratégicos comienzan a competir simultáneamente por los mismos recursos, la misma atención política, las mismas capacidades militares y los mismos mercados?
Ese es el escenario que debemos observar.
La inteligencia artificial, los drones, los misiles de precisión, la guerra electrónica, la inteligencia satelital y la ciberguerra están acelerando la velocidad de los conflictos. La tecnología ya no solamente aumenta la capacidad destructiva: también reduce el tiempo disponible para interpretar una amenaza y tomar decisiones.
Por eso, el riesgo contemporáneo no puede medirse únicamente contando soldados, tanques o misiles.
Hay que medir también interconexión, vulnerabilidad, exposición, capacidad de propagación y resiliencia.
Una guerra regional puede convertirse en una crisis energética.
Una crisis energética puede transformarse en una crisis económica.
Y una crisis económica puede terminar modificando el equilibrio político y estratégico mundial.
Ese es el verdadero desafío.
El mundo está entrando en una etapa en la que los conflictos ya no son compartimentos estancos. Lo que ocurre en Ormuz puede repercutir en Europa. Lo que ocurre en Ucrania puede modificar las prioridades de Washington. Lo que decidan Estados Unidos, Rusia, China, Irán y las potencias europeas puede alterar el equilibrio de todo el sistema.
Por eso, el MNARG propone cambiar la pregunta.
No debemos preguntarnos únicamente:
¿Quién ganará esta guerra?
Debemos preguntarnos:
¿Qué riesgos genera esta guerra, dónde se propagan, quiénes quedan expuestos y cómo interactúan con otros conflictos?
Porque quizás el mayor peligro para el mundo no sea que una de estas guerras se convierta mañana en una guerra mundial.
Quizás sea algo más silencioso:
que dos conflictos aparentemente separados terminen transformando, poco a poco, el equilibrio energético, económico, tecnológico, militar y geopolítico del planeta.
Ese proceso ya merece nuestra atención.
No debemos analizar solamente las guerras.
Debemos analizar el sistema de riesgos que las guerras están construyendo.
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