DOCTOR JEKYLL, MISTER HYDE
Santiago Pérez S./Guayaquil
Parecería que todos tenemos esa dualidad interna. Todos somos sabios, prudentes, comportados y humildes; pero, a la vez, somos arrogantes, prepotentes, descuidados y abusivos.
Todos decimos en voz baja que los demás son quienes importan, mientras que, en nuestro interior, gritamos a viva voz: “yo soy el único capaz, el más inteligente, el mejor de todos”.
Jekyll y Hyde.
Bien y mal; sabiduría e ignorancia; prudencia y desorden; humildad y arrogancia.
Lo grave de nuestra compleja fórmula psicoquímica es que suele desbordarse en los momentos más inconvenientes, cuando la prudencia y la razón son reemplazadas por la euforia y la vanidad.
Y eso ocurrió, exactamente, con la tan manoseada Consulta Popular.
Perdió enormemente nuestro país al no aprobar cuatro opciones democráticas que habrían sido el oxígeno necesario para poder vivir en paz, seguridad, desarrollo y progreso.
Con o sin Noboa, esas cuatro consideraciones eran vital e inmediatamente necesarias. Pero pudo más el diablo.
Más pudieron la arrogancia, la vanidad, la mentira y el engaño, para que, erróneamente, el pueblo votante identificara esas cuatro enmiendas constitucionales con el rostro burlón y la personalidad inmadura de quien hoy ocupa la Presidencia de la República.
Ecuador confundió lo vital con lo visceral. Prefirió inmolarse en una narco-Constitución de corte chavista antes que aprovechar la oportunidad de cambiar el rumbo mortalmente errado por el cual navegamos sin destino ni provecho desde el nefasto año 2008.
Hoy celebran ruidosamente los narcopolíticos, el narcotráfico, el crimen internacional y todos aquellos prófugos, sentenciados y requeridos por espantosos delitos comunes, a los cuales ellos insisten en llamar persecución política.
Más temprano que tarde llegará la amarga resaca por haber votado movidos por la antipatía y el resentimiento personal, en lugar de hacerlo con sabia meditación sobre nuestro futuro y el de nuestros hijos.
Fue, sin duda, un ejercicio que requería claridad de mente, pero lo resolvimos con la pestilencia de nuestros traseros.
¡Qué pena!
