Opinión

Djokovic es otra superestrella deportiva llorona que cree merecer un trato especial

Por Max Boot

Las estrellas deportivas del mundo actual son semidioses. Se les paga cantidades obscenas de dinero por practicar juegos de niños. Son entrevistados todo el tiempo en la televisión. Sus vidas personales son seguidas en las redes sociales. Su presencia es añorada en todas las fiestas y eventos benéficos. Son constantemente deseados como amigos, inversores y parejas románticas.

Bajo esas circunstancias, puede ser muy fácil llegar a perder la cabeza. Puede ser sencillo imaginar que, como eres tan bueno en la práctica de tu deporte, quizás también seas un experto en asuntos muy ajenos. De ahí proviene el fenómeno de las estrellas deportivas —como Aaron Rodgers de la NFL y Kyrie Irving de la NBA— que se niegan a vacunarse, lo que sugiere que creen saber más que todo el sistema médico sobre la mejor manera de luchar contra el COVID-19.

A esa lista hay que agregarle ahora a la superestrella serbia del tenis Novak Djokovic.

Durante las últimas dos décadas, Djokovic ha acumulado grandes argumentos para ser considerado el mejor tenista de todos los tiempos. Ha ganado 20 títulos de Grand Slam, creando un triple empate por el récord con Roger Federer y Rafael Nadal, los otros dos contendientes para el título de “el mejor de todos los tiempos”. Pero Djokovic tiene récord ganador en los enfrentamientos individuales contra Federer y Nadal, y es más joven que ellos, por lo que lo más probable es que logre superar pronto sus hazañas.

Estuve en las gradas del All-England Lawn Tennis and Croquet Club en 2019, cuando Djokovic salvó dos puntos de partido contra Federer y terminó ganando otro título en Wimbledon en un infartante encuentro de cinco sets. Nadie en la historia del tenis ha sido mejor que Djokovic sacando puntos bajo presión. Por sus venas debe correr agua helada.

Pero a pesar del historial de éxitos en la cancha de Djokovic, nunca será tan querido por los aficionados como lo son Federer y Nadal. Ambos irradian clase y gracia, mientras que Djokovic exuda lo contrario. Tiene un largo historial de pataletas en las que ha destrozado raquetas, así como de innecesarios tiempos muertos por motivos médicos. Incluso fue descalificado del Abierto de Estados Unidos de 2020 por golpear a una jueza de línea con una pelota.

Además, Djokovic está cautivado por las teorías New Age que sostienen que el pensamiento positivo puede “desintoxicar” los alimentos y el agua, ya que “las moléculas en el agua reaccionan a nuestras emociones, a lo que expresamos”. Dejó de comer gluten después de ponerse un trozo de pan en el abdomen, con supuestos resultados alérgicos.

Naturalmente, ha expresado su rechazo a la vacunación. En 2020, mientras el coronavirus devoraba al mundo, Djokovic organizó un torneo de tenis en los Balcanes, en el que él y otros participantes fueron fotografiados en una fiesta sin cubrebocas. Como era de esperar, Djokovic y su esposa contrajeron COVID-19. Se disculpó en Twitter por el “daño” que causó, pero al parecer no aprendió nada de la experiencia.

En lugar de vacunarse, Djokovic parece haberse confiado en su primer lugar del ranking mundial para jugar torneos sin vacunarse. Esto es un enorme problema considerando que el Abierto de Australia, del cual es campeón defensor, se realiza en un país que le exige comprobante de vacunación a los visitantes.

Djokovic viajó a Australia alegando tener una exención emitida por el estado de Victoria. Pero las autoridades federales revocaron su visa y ahora está luchando contra una posible deportación. A medida que salen más hechos a la luz, peor luce su situación. Sus abogados afirman en una presentación judicial que Djokovic tiene derecho a una exención porque contrajo COVID-19 el 16 de diciembre, pero como señala el periodista especializado en tenis Ben Rothenberg, Tennis Australia le exigió que debía solicitar una exención antes del 10 de diciembre.

Pero eso no es todo. La situación empeora. El 17 de diciembre, el día después de su supuesta prueba positiva, Djokovic asistió a una ceremonia de premiación con niños en el Novak Tennis Center y publicó varias fotos en línea que lo mostraban sin cubrebocas, rodeado de niños. El 18 de diciembre se publicaron imágenes de Djokovic jugando baloncesto en un espacio cerrado con amigos, también sin cubrebocas.

Es posible que Djokovic se haya aplicado la prueba el 16 de diciembre y no haya obtenido los resultados sino días después. Sin embargo, Rothenberg se pregunta: “¿Qué planeaba hacer Djokovic si no obtenía una prueba positiva para COVID-19? ¿Fue acaso ese su plan para poder entrar en el #AusOpen? ¿Contraer una enfermedad?”.

Es difícil no llegar a la conclusión de que Djokovic buscaba engañar al sistema sin importar poner en peligro la vida de otras personas. Lo que hace que este espectáculo sea aún más grotesco es la forma en la que los seguidores de Djokovic insisten en presentarlo como una víctima. Su padre, Srdjan Djokovic, afirma que su hijo sobrepagado y en exceso privilegiado, quien se encuentra alojado en un hotel de Melbourne que solía albergar a refugiados y solicitantes de asilo, es el “Espartaco del mundo moderno”, un “símbolo” de “los países y pueblos pobres y oprimidos”.

¡Qué absurdo! Si Djokovic es Espartaco, entonces yo soy Rod Laver. La verdad es que Djokovic es solo otra llorona superestrella deportiva más, con ideas chifladas y una exagerada sensación de merecer un trato especial.

Espero que Australia lo deporte, y que no se le permita ingresar a Estados Unidos para jugar el Abierto de ese país a menos de que presente una prueba de vacunación. El hecho de que las estrellas deportivas reciban un aluvión de recompensas que los mortales comunes jamás conocerán, no significa que se les deba permitir eludir las (sensatas) reglas contra el COVID-19 impuestas a todos los demás.

 

 

The Washington Post