Opinión

Disciplina filosófica vs. Rutina

NÍNIVE ALONSO.

FILÓSOFA Y ABOGADA.

Desde España para LA NACIÓN de Guayaquil, Ecuador

“A dos hombres que viven el mismo número de años, el Mundo les proporciona siempre la misma cantidad de experiencias. Es a nosotros, a quien corresponde tener conciencia de ellas y aprovecharlas” {Albert Camus; escritor, periodista y filósofo de la Argelia Francesa 1913-1960}

Muchas son las voces que nos dicen lo bueno de establecer unos horarios y prever semanalmente nuestras actividades, las comidas, las tablas de ejercicios, y un largo etcétera de formas de ordenar nuestro tiempo y espacio para “optimizarnos”.

Sin embargo, eso puede ser un arma de doble filo muy peligrosa: aparentemente hacemos todo para encontrar el equilibrio entre nuestras energías y nuestras obligaciones, pero no sabemos por qué, y a pesar del esfuerzo, sentimos una cierta insatisfacción existencial: aquí entra el problema de la rutina.

Los filósofos prácticos debemos insistir en la diferencia entre la disciplina necesaria para establecer un bienestar personal –cuerpo/alma- y la nada deseada rutina, es decir, la cotidianeidad repetitiva que produce necesariamente esa insatisfacción existencial.

Sentir que se ha perdido en parte el significado de nuestra vida, y que actuamos meramente por costumbre, obligación o inercia, sería algo así como seguir casado sin sentir ninguna motivación por la otra persona, más que el hecho mismo de que ordena nuestra vida, nos produce estabilidad, comodidad o nos mantiene económicamente; Un lugar manido que no nos produce a largo plazo más que la desidia absoluta.

Veamos, la rutina -del francés routine, y éste del latín- significa la ruta que es trillada, muy frecuentada y conocida, es decir falta de novedad, originalidad y cambios.

Esta situación alargada en el tiempo es necesariamente antifilosófica, porque se establecen conductas no reflexionadas, sino automatizadas, estableciendo una visión mecanizada de la vida, una auto-cosificación manifiesta que va en contra de la vida misma, que es nómada.

A diferencia de esta nada recomendable forma de organizarse se plantea la herramienta por antonomasia de la filosofía emocional: la disciplina.

La disciplina -enseñanza, educación, derivada de discipulus, discípulo en latín y heredera de la paideia griega- ha sido siempre una herramienta filosófica, que organiza las diversas facetas de la vida enfocada siempre en un sentido direccional para la consecución de un objetivo o varios objetivos, proponiéndonos la motivación como hálito para seguir en la vía de la disciplina.

De este modo, motivación, mejoría personal, así como persecución de uno o varios objetivos en el camino hacia el bienestar reflexivo, son piezas integrantes de la misma disciplina.

Mientras que la rutina es en sí misma, desmotivadora, no plantea objetivo existencial alguno y no produce un bienestar general real, sino una sensación de comodidad y seguridad que acaba produciendo tedio y desidia, así como tristeza media y profunda.

Todas las escuelas de filosofía práctica se han diferenciado, en el fondo, por su forma de utilizar la disciplina y modularla: unos para la consecución de la areté como los estoicos, otros para modular la mesura en el placer como los hedonistas epicúreos y otros para modular la lascivia, como los hedonistas cirenaicos, disciplinados en la persecución de los placeres directos.

Prevenir y combatir la rutina desde la filosofía pasa primero por reflexionar sobre si realmente tenemos motivaciones profundas, profesionales, personales, educativas, más allá de los nervios por el estreno de la última serie en Netflix.

Y si los objetivos y las novedades de nuestra vida van más allá de aquellas circunscritas a la apariencia de cambio como comprar el último modelo de móvil o bolso de marca.

La disciplina contra la rutina necesita estabilidad, no esteticidad, necesita objetivos, experiencias y movimiento real, acción e innovación, no la sensación de movimiento ni la sensación de novedad que no sale del Amazon compras.