Opinión

Diez años no es nada

Reza el tango que veinte años no es nada, así que, bajo la advocación de Gardel, podemos asegurar que diez años son aún menos. Movido por la broma del #10YearChallenge que corre por las redes sociales, me propongo observar cómo ha cambiado nuestra faz colectiva, en vez de la cara de cada hijo de vecino. Para ello, ojeo los periódicos de hace dos lustros, como el arqueólogo que busca descubrir los misterios de una civilización antigua. Y la primera constatación es descorazonadora: en el ámbito global hemos pasado de la esperanza de Obama al miedo y el asco de Trump. Diez años atrás, acababa de jurar el cargo el primer presidente afroamericano de Estados Unidos, con un potente discurso que quería cerrar heridas históricas muy profundas y enviar al mundo un mensaje de colaboración y optimismo.

Eran días en que la democracia parecía volver a tener brillo, y las grandes palabras sonaban autenticas y capaces de reconstruir algunos sueños y sumar voluntades. La Vanguardia tituló así, con una frase del flamante 44 presidente, la portada de la edición que recogía la crónica de la toma de posesión en Washington DC: “El mundo ha cambiado y debemos cambiar con él”. Un cambio a mejor, se suponía. Mientras, al otro lado del Atlántico, la República checa asumía la presidencia de una UE que tenía muchos problemas pero nada comparado con el Brexit. En España, Zapatero había arrancado su segunda legislatura y los efectos de la crisis económica global empezaban a llegar a nuestros predios, aunque el gobierno socialista tardó mucho en admitir que las cosas iban mal. ETA seguía actuando y esa temporada se dedicaba a amenazar a los responsables de las obras del AVE vasco.

El president Montilla apuraba los últimos tiempos del segundo tripartito de izquierdas, tratando de evitar las turbulencias internas con férreo control y gestos de moderación. El republicano Carod-Rovira, vicepresident del Govern, viajaba a Nueva York para inaugurar una delegación de la Generalitat mientras el socialista Castells sudaba para lograr una mejor financiación autonómica del gobierno amigo de Zapatero, arropado por patronales y sindicatos que le exhortaban a rechazar un mal acuerdo. En este contexto, Jordi Pujol, que seguía influyendo, advertía que era imprescindible que la nueva financiación resolviera la balanza fiscal negativa y garantizara el principio de ordinalidad, a la vez que reclamaba “una reacción de dignidad” de la sociedad si no se lograban esos objetivos.

Desde València, Aznar, aprovechando que le investían doctor honoris causa acompañado de Francisco Camps y Rita Barberá, proclamaba “sólo un Estado sólido y bien dimensionado garantiza la cohesión y la igualdad”. En una esquina del diario, un breve de la agencia Efe explicaba que las plataformas Pel Dret a Decidir y Sobirania i Progrés entregaron al president del Parlament, Ernest Benach, 71.826 firmas a favor del derecho a decidir de Catalunya. Muy pocos prestaron atención a esa modesta noticia de hace diez años.

Por: Francesc-Marc Álvaro,España.