Opinión

Día de las madres, del protocolo a la empatía

Por Mariana Aragón Mijangos/

 (excelsior.com.mx)

En la última década, el día de las madres ha ido cambiando sus significaciones, transitando de la reunión familiar –a veces obligada y otras casi devocional– y de la felicitación superflua basada en la versión romantizada de la maternidad, hacia la ocasión de visibilizar las complejas realidades que enfrentan las madres mexicanas y la deconstrucción del paradigma de la maternidad como máxima realización de las mujeres.

Mucho se ha escrito sobre las dificultades económicas y las limitaciones en términos de autonomía y empoderamiento que conllevan las responsabilidades de cuidado, especialmente ante paternidades ausentes.

Cabe recordar que, de acuerdo con el Censo de Población y Vivienda 2020, en 33 de cada 100 hogares, las mujeres son reconocidas como jefas de familia, y aun en los hogares donde los padres comparten responsabilidades, mientras ellos dedican 20 horas a la semana a las tareas domésticas y de cuidado, ellas destinan 50 horas al mismo propósito.

Ante este panorama que el feminismo ha logrado posicionar en la agenda pública, la realidad es que ni los gobiernos ni los centros de trabajo ni siquiera socialmente hemos logrado transformar estas desigualdades. El Sistema Nacional de Cuidados aún está lejos de funcionar como una estructura de protección social que garantice el derecho al cuidado digno y que permita a las personas maternar, sindejar de lado el desarrollo profesional.

La conciliación de la vida familiar y laboral es otro de los grandes pendientes, todavía no se han creado mecanismos que obliguen a empleadores a compensar a las personas (por lo general mujeres) que deciden trabajar medio tiempo en razón de los cuidados familiares.

En la actualidad tomar una decisión así significa perder derechos.

Más allá de los grandes pendientes estructurales, es importante hablar, hablar mucho y con naturalidad sobre autocuidado, específicamente sobre la importancia de reconocer las necesidades afectivas de las madres, que muchas veces se dan por sentadas, como si el ser madre mágicamente resolviera las carencias emocionales, o como si las madres no tuviéramos derecho a buscar espacios y vínculos de intimidad y recreación, más allá de la convivencia con hijas e hijos. Es como si ser madre anulara el ser mujer, e incluso el ser persona.

Las madres sentimos soledad, cansancio, deseo sexual, culpa, mucha culpa: por dar de más, por no poder estar, y a veces culpa por no querer estar. Culpa por las violencias aprendidas/reproducidas y por todos esos patrones y heridas que salieron a la luz en el momento de vernos reflejadas en ese gran espejo que son los hijos.

Sentimos miedo, mucho miedo de fallar, de lastimar, de no poder proveer las necesidades básicas, de no ser reconocidas como figura de autoridad, de no poner límites o de poner demasiados, pero, sobre todo, en este país en el que las tragedias se han vuelto cotidianas, sentimos terror de que la delincuencia y la crueldad nos arrebaten a nuestros hijos, especialmente a nuestras niñas.

Hablémoslo, reconozcámoslo y hagámoslo con naturalidad y franqueza, no hay madres santas, sólo hay madres humanas. Tampoco hay madres hechas, tan sólo están en construcción. Maternar es una gran escuela evolutiva, donde el trabajo con el ego es la constante.

El glamour personal pasa a segundo término, las ganas de ir al baño van después de darles de comer, cada minuto en la ducha cuenta, y el dormir sola se convierte en lujo. Hay renuncias, muchas, pero también satisfacciones, enormes. En la medida en la que quitemos velos en torno a la maternidad y quitemos el peso de las expectativas, daremos un nuevo sentido a la celebración, transitando hacia el ejercicio y reconocimiento de maternajes más humanos, más reales, más conscientes.