Opinión

Descartes y el Discurso del método (II)

Dr. Diego Almeida Guzmán/Quito

Forbes Ecuador

 

El método de Descartes confluye en el imperativo de «no omitir nada» en el proceso del discurso. Este debe ser completo y general. Solo así llegamos a un conocimiento irrebatible en el tiempo, y certero.

Retomemos a R. Descartes con el título completo de su emblemática obra, El Discurso del método para dirigir bien la razón y buscar la verdad en las ciencias”. En conjunto con el resto de su producción intelectual, y en particular con Meditaciones metafísicas, es el punto de inflexión del escolasticismo hacia la filosofía moderna. Parte de la convicción de que hasta su época las materias estudiadas dejaban de sustentarse en la “razón”; tampoco les interesaba encontrar “la verdad”. De hecho, nos hallamos con lo que algún autor denomina “giro epistemológico”, queriendo significar una nueva aproximación “más científica” para abordar el conocimiento, llamado a ser racional.

Según el francés, la razón es la facultad de distinguir entre lo verdadero y lo falso. En un ánimo condescendiente, mas no acomodaticio, afirma que tal aptitud la tenemos todos los seres humanos. Sin embargo, la “razón” demanda de una “moral provisional” que permita guiar nuestros actos y no extraviarlos en la búsqueda de la verdad. Se remite a tres enunciados de orden ético-filosófico, a saber (a) obedecer las leyes y las costumbres, generadoras armonía social; (b) conducirnos firme y decididamente, en forma directa sin mutar por razones débiles; y, (c) admitir las verdades encontradas y los hechos inevitables, es decir, no pretender que se adapten a nuestras conveniencias. Todo esto en aplicación del “método”, a ser expuesto adelante.

En la “duda” radica la base de la sabiduría, lo que entraña una lección de vida de validez intemporal. Asevera Descartes que al encontrarse “embarazado de dudas y errores” llegó a descubrir su ignorancia… dice, no por enseñanzas de la escuela – que en su caso, recordemos, era la jesuita – pero fuera de ella. Las vivencias y cómo las enfrentamos son fuente inagotable de ilustración; es lo que denomina “el gran libro del mundo”. Quienes “dan preceptos”, sostiene, deben ser más hábiles que sus receptores. ¡Cuánta lógica! En el mundo deambulan seres que, colmados de atrevimiento, opinan y aleccionan sobre temas y materias muy distantes de sus saberes. Son los portadores de palabras inútiles y repartidores de mensajes inservibles. De ellos hay demasiados en las redes sociales.

Se habla entre los estudiosos del filósofo de un “sentido común cartesiano”. Para nosotros arranca tanto de la inteligencia formal igualitaria, como de la razón de que potencialmente gozamos todos. No obstante, la diferencia está en la aplicación metódica que hagamos de ellas, lo cual obliga a estudiarnos a nosotros mismos.

En su Discurso propone cuatro pautas procedimentales para lograr el “conocimiento verdadero”, que dan origen al “método cartesiano”. Inicia con una aproximación a las tres ciencias que sustentaban el discernimiento de su época. La filosofía que enseñaba lógica silogística, es decir formal. La geometría, apoyada en figuras que Descartes la considera no apropiada para el raciocinio per-se, pero sí adecuada en torno a la extensa sustancia cartesiana infinita que se proyecta al mundo. Y el álgebra, estimada como abstracción. Toma lo bueno de las tres y desarrolla su propuesta metódica. La genialidad del filósofo la identificamos en su capacidad de adentrarse en la metafísica sin des-observar a la ciencia como algo comprobable.

La primera pauta se resume en nunca aceptar como verdadera cosa alguna sobre la cual dejemos de tener evidencia. Obliga al ser humano tanto a evitar precipitaciones como a prevenir… para abstenernos de prejuzgar. Así, la “realidad está llamada a ser racionalmente clara e inteligible de manera perfecta”. La mayor violación de esta premisa la comete quien lejos de atenerse a los acontecimientos ciertos, actúa en función de sus convicciones contradichas por los hechos.

El segundo paso impone al individuo la necesidad de “descomponer las dificultades”. O sea, dividir los hechos a efectos de que el examen permita tornar sencillo a lo complejo, y siempre en forma ordenada. Es la base analítica que sustentada en la verdad habilitará comprender aquello que deseamos entender.

Llegamos entonces a la tercera regla: ir de lo fácil a lo compuesto… ascender de a poco, lentamente. Nunca partir de lo difícil. Aquí se aprecia el “peso matemático” en la formación de Descartes. Lo contrario entraña el riesgo de errar en la síntesis. Como puede apreciarse, el “problema” no es de “inteligencia” pero de simple lógica, de lógica cartesiana.

Por último, el método de Descartes confluye en el imperativo de “no omitir nada” en el proceso del discurso. Este debe ser completo y general. Solo así llegamos a un conocimiento irrebatible en el tiempo, y certero. En el mundo matemático, equivale a la comprobación, resumida en “lo que queda demostrado (LQQD)”. (O)