Opinión

Descartes y el Discurso del método (I)

Dr. Diego Almeida Guzmán/Quito

Forbes Ecuador

 

En la duda cartesiana, no podemos dejar de resaltar al demonio como creación contradictoria por un dios que «se dice» perfecto ante los hombres irracionales. La irracionalidad es una tara mental origen de la mediocridad intelectual.

En la ciudad entonces llamada La Haye, región de la Loire, Francia, nace René Descartes (1596). Fallece en Estocolmo en 1650, a donde había viajado para instruir en filosofía a la reina Cristina de Suecia, mujer que rompió esquemas al ser criada como hombre por su padre. Recibe sólida educación a cargo de los jesuitas en el colegio de La Flèche. Le transmiten vasta cultura humanística que el filósofo la complementa con estudios en matemáticas y en geometría. Sin cuestionar la existencia de dios, ofrece una nueva aproximación al espinoso tema con base en su racionalismo. Sufre persecución debido a ello, muy de una iglesia que se resistía a cavilar más allá de cánones obtusos y arcaicos a los que el catolicismo continúa aferrándose.

Ante las limitaciones que, en su Francia natal, encontró para pensar en libertad sin imposiciones místicas – siempre dañinas para el desarrollo intelectual del hombre – emprende viaje a los Países Bajos. La amplitud mental de los neerlandeses le ofrece amplias posibilidades de profundizar en sus “ideas metódicas”. De hecho, esta nación es icónico representante del libre pensamiento hasta nuestros días. Sigue siendo cuna de consolidación de derechos protectores de la dignidad del hombre, contra lo cual se rebela la religión mal entendida… que hace eco en fragmentos sociales de escasa capacidad de raciocinio y educación, con excepciones honrosas confirmatorias de la regla.

Elemento fundamental de la filosofía de Descartes es el conocimiento del yo mediante su elaboración en la mente. Afirma que “el yo es una sustancia cuya esencia o naturaleza toda no es sino pensar”. Sostiene que para ser, tanto el espacio como la dependencia material son irrelevantes, por cuanto el alma es algo muy distinto del cuerpo. Por ende, quien deja de pensar no existe. Mas no es un simple proceso de generación de ideas, pero de nociones en términos racionales, siempre en contexto ontológico. Complementariamente, el hombre es sustancia pensante de orden finito, que se proyecta al mundo como extensa sustancia cartesiana infinita… la primera, influjo del y en la persona; la segunda, del y en el cosmos. Puede apreciarse la influencia de la geometría en el pensar analítico del francés.

Para J. Marías, historiador español de la filosofía, Descartes combina el racionalismo con el idealismo. El racionalismo es referido como un método, en el cual la razón es la certeza; dice “Descartes funda su especulación en el criterio de evidencia”. Igual la técnica cartesiana es idealismo, asevera. Lo es desde el momento en que nuestro conocimiento de las cosas se funda en la apreciación propia, ofrecida por los sentidos, pero también por los pensamientos y los sentimientos.

Quien desee emprender en el estudio académico o empírico de la filosofía, cualquiera sea la tendencia por la cual opte, debería iniciarlo con la lectura de “El Discurso del método para dirigir bien la razón y buscar la verdad en las ciencias”. Lo desarrolla Descartes con carácter autobiográfico, en idioma francés que era el suyo, rompiendo la “tradición” de la época de redactar este tipo de tratados en latín. Fue publicado en 1637 como anónimo. Lo hizo así para protegerse de la Inquisición, que había condenado a Galileo por su teoría heliocéntrica (el sol es el centro del Universo) sustentada en Copérnico. En carta a su amigo el sacerdote Mersenne, sostiene de modo enfático su adhesión a la “ciencia” de Galileo. Agrega, sin embargo, que no desea ser autor de “un discurso que contenga una sola palabra que fuera desaprobada por la Iglesia”. El hecho relatado, que por cierto no resta validez alguna a la obra, influyó sí en el cuidado observado por Descartes en la forma con que expone su “método”.

En la conveniente línea de no abrirse a polémica con la iglesia, a partir de su máxima de “pienso, luego existo” y del método sustentado en la “duda metódica”, Descartes satisface a ella con una ingeniosa justificación de la existencia de dios. El camino para llegar a la “certeza” es la duda, lo cual es propio del humano como ser “imperfecto”. La noción de la “perfección”, íntimamente ligada a la “imperfección” propia del individuo que duda, solo puede devenir de un “ser perfecto” que no es otro que dios, siendo que la idea que tenemos de él es en sí misma su existencia. Estudiosos del francés identifican en esta “teoría” un verdadero “innatismo”. Es la corriente filosófica por la cual los humanos desarrollamos arreglos mentales desamparados de experiencia.

En la duda cartesiana, no podemos dejar de resaltar al demonio como creación contradictoria por un dios que “se dice” perfecto ante los hombres irracionales. La irracionalidad es una tara mental origen de la mediocridad intelectual. (O)