Democracias Heridas: ¿Por Qué Seguimos Entregando el Poder a Quienes Nos Destruyen?
Dr Jorge Alberto Norero González/Guayaquil.
Existe algo profundamente perturbador en la conducta humana y particularmente en la conducta política de nuestras sociedades modernas.
Mientras en el reino animal el liderazgo suele sostenerse sobre la fortaleza, la capacidad de protección y la supervivencia colectiva, entre los seres humanos ocurre muchas veces lo contrario: personajes cuestionados, corruptos, condenados e incluso moralmente despreciables continúan siendo defendidos, reelegidos y hasta idolatrados por sectores enteros de la población.
Y entonces surge la pregunta incómoda: ¿Somos una sociedad ingenua, masoquista o simplemente emocionalmente manipulable?
En la naturaleza, un alfa debilitado pierde autoridad. La manada detecta rápidamente cualquier señal de incapacidad, fragilidad o amenaza para el grupo y el liderazgo cambia. La supervivencia colectiva está por encima del sentimentalismo.
El ser humano, en cambio, posee una complejidad que a veces parece más una maldición que una virtud.
No elegimos únicamente por capacidad. Elegimos por miedo. Por resentimiento. Por odio al adversario. Por identidad ideológica. Por costumbre. Por fanatismo. Por dependencia económica. Y muchas veces por una peligrosa resignación moral.
Con el paso del tiempo, ciertas sociedades empiezan a normalizar la corrupción como si fuera un fenómeno inevitable de la política. Se instala entonces una frase devastadora para cualquier democracia: “Todos roban.”
Y cuando una nación acepta esa idea como verdad absoluta, deja de buscar líderes honestos y comienza únicamente a escoger a quién tolerará robando.
Allí empieza la decadencia ética de un pueblo.
La tragedia no es solamente que existan políticos corruptos; la verdadera tragedia es que existan ciudadanos dispuestos a justificarlos, defenderlos e incluso atacar a quienes denuncian sus abusos.
Porque el problema nunca fue únicamente el delincuente disfrazado de político. El problema también es el ecosistema que lo protege: operadores políticos, estructuras clientelares, medios complacientes, empresarios oportunistas, militancias fanatizadas y una ciudadanía agotada que termina negociando sus principios por migajas de estabilidad emocional o económica.
Hay quienes defienden a determinados líderes aun frente a pruebas contundentes, procesos judiciales o sentencias ejecutoriadas. ¿Por qué ocurre esto?
Porque aceptar la corrupción de aquel a quien admiraron implicaría aceptar que fueron engañados. Y pocas cosas son más difíciles para el ego humano que reconocer que entregó su confianza a quien terminó traicionándolo.
Entonces aparece la negación. “La justicia está comprada.” “Es persecución política.” “Le tienen miedo.” “Todos hacen lo mismo.” “Pero hizo obras.”
La moral pública empieza a deteriorarse hasta niveles peligrosos donde la corrupción ya no indigna; solamente divide bandos.
Y mientras tanto, los verdaderos problemas de la sociedad continúan creciendo: violencia, pobreza, abandono, impunidad, narcotráfico, instituciones debilitadas y ciudadanos cada vez más desconectados de la ética colectiva.
Tal vez la diferencia más dura entre los animales y nosotros sea precisamente esa: ellos no construyen sofisticadas mentiras para seguir a líderes decadentes.
Nosotros sí.
El ser humano tiene la extraordinaria capacidad de crear ciencia, arte, filosofía y civilización, pero también posee una facilidad alarmante para dejarse seducir por discursos vacíos, por caudillos mesiánicos y por manipuladores expertos en explotar emociones.
La democracia es uno de los sistemas más nobles creados por la humanidad, pero también uno de los más vulnerables cuando la ciudadanía pierde memoria, criterio y valores.
Porque ninguna nación cae únicamente por culpa de sus corruptos.
También cae cuando la sociedad deja de castigarlos.
Semper Fi.
