Democracia en números rojos y confianza en terapia intensiva
Columnista: Fernando Alburquerque.
Hay cifras que no solo informan, sino que incomodan. Esta es una de ellas: más del 70% de los ecuatorianos desconfía de las principales instituciones del Estado. No es una percepción aislada, es un síntoma estructural. Y cuando la desconfianza se vuelve mayoría, la democracia entra en zona de riesgo.
El dato es contundente. El Consejo Nacional Electoral registra un 68,13% de desaprobación, frente a apenas un 26,35% de respaldo. Le siguen la Asamblea Nacional del Ecuador con 70,84% de rechazo y el Consejo de Participación Ciudadana y Control Social con 70,60%. Pero el golpe más duro lo recibe el sistema que debería garantizar justicia: el Consejo de la Judicatura alcanza un 73,92% de desconfianza, mientras el sistema judicial en su conjunto llega al 71,84%.
¿Te das cuenta de lo que significa esto? No estamos hablando de una institución fallando. Estamos hablando de un ecosistema institucional completo que ha perdido credibilidad ante la ciudadanía.
Y aquí viene el contraste que obliga a pensar. Las Fuerzas Armadas del Ecuador lideran la aprobación con 70,15%, seguidas por la Policía Nacional del Ecuador con 61,38%. Incluso los medios de comunicación, con un 43,09%, superan a varias funciones del Estado. ¿Por qué? Porque en medio de la crisis, la gente busca certezas, orden y respuestas inmediatas.
En ese contexto, el presidente Daniel Noboa aparece con un 41,20% de respaldo, una cifra que ha caído más de tres puntos respecto a enero. No es un desplome, pero tampoco es estabilidad. Es un aviso.
La pregunta de fondo no es quién cae más o quién resiste mejor. La verdadera pregunta es: ¿qué pasa cuando la ciudadanía deja de creer en quienes deben garantizar elecciones, leyes y justicia? Sin confianza, el voto pierde fuerza. Sin credibilidad, la ley pierde autoridad. Sin legitimidad, el poder se vuelve frágil.
Esto no se resuelve con discursos ni con campañas comunicacionales. Se resuelve con resultados, con transparencia real y con decisiones que rompan la inercia de la mediocridad institucional.
Porque al final, la confianza no se decreta. Se construye. Y cuando se pierde, no basta con pedirla de vuelta: hay que merecerla.
Ecuador no enfrenta solo una crisis de instituciones. Enfrenta algo más profundo: una crisis de confianza. Y si eso no se corrige a tiempo, no habrá reforma que alcance ni liderazgo que sostenga lo que, poco a poco, se está desmoronando.
