Opinión

Del canutero a la computadora

Cuando comencé a publicar artículos en los periódicos del país, siempre los hacía en mi máquina mecánica de escribir; todavía conservo mi vieja máquina como un recuerdo de mis primeros balbuceos en la prensa nacional.

Actualmente, para no quedarme con la tecnología del siglo pasado utilizo la computadora para hacer mis trabajos. Pero, para ser honesto, no he logrado la habilidad que tienen otros compañeros y mucho menos la habilidad que tienen mis hijos y mis nietos.

Hace unos días, una hija me ayudaba a transcribir un trabajo de más de mil palabras. En el otro extremo de la mesa estaba otra hija con mi teléfono móvil ayudándome a mejorar el rendimiento del aparato. A su lado tenía a su hija mayor, nietecita muy hábil en el manejo de la nueva tecnología, como todos los jóvenes de su edad.

En un momento, cuando las tres me sugerían que yo debería manejar mejor estas herramientas tan útiles para quienes escriben, me quedé pensativo y en cuestión de segundos les dije lo siguiente: les recuerdo que yo crecí y me desarrollé en el siglo pasado. Y para escribir usaba el canutero o portaplumas como también se le llamaba, lo que significa un gran salto en el aprendizaje de nuevas técnicas.

Las dos hijas me pidieron que les explicara mejor lo del canutero. En los pueblos, les dije, este era un instrumento generalmente de madera. El maestro (mi padre) nos enseñaba a los alumnos a desbastar pequeños trozos de una rama seca de madreado; algo parecido a un lápiz de grafito. En uno de sus extremos, con una navaja bien afilada, o cualquier instrumento cortante, le hacíamos una hendidura para colocar ahí la plumilla que nos serviría para escribir. En otros sitios los portaplumas bien acabados se vendían en los negocios.

De esa manera, muchos de los que ahora somos profesionales, escribíamos en los cuadernos de papel de oficio las tareas dejadas en la escuela. En esos momentos recordando qué otro uso le dábamos a la pluma, les conté con un poco de pena, algo muy usual en los pueblos: Olegario era un joven que cuando venían las cortas de café en El Corpus, se desplazaba hasta El Agua Fría a cortar ese fruto a las fincas de la familia Brooks y de don Baltazar Alegría.

Contaba Olegario que una ocasión llegó hasta la frontera con Nicaragua y allá compró un librito para redactar cartas de amor. Los que escuchábamos su relato ni cortos ni perezosos se lo pedíamos prestado; él, muy serio nos decía que, a cada uno de nosotros, según fuere el caso, a cambio de diez centavos nos mostraría la página que contenía la forma más acertada de la carta amorosa. A mí me tocó, y ahora me río de tal tontería, una cartita que comenzaba así: “Señorita fulana de tal: Tomo la pluma en mis manos (algo que no cabría expresar así refiriéndose a la computadora) para dirigirme y decirle estas palabras que no puedo decírselas personalmente porque si me escucha un maestro o un familiar suyo, podría ser objeto de castigo”.

Me imagino que a esta altura se dan cuenta por qué les mencioné el canutero y mi torpeza para el manejo de la computadora.

El nietecito (de diez años) que escuchaba nuestra plática apuntó: “Pero, abuelo: Si yo ya manejo la computadora, cómo no lo vas a hacer tú que eres doctor”.

Apenado quedé viendo a mis hijas quienes leyeron en mi rostro la vergüenza que pasaba y espontáneamente me ofrecieron darme algunas lecciones para progresar en el manejo de este sorprendente aparato.

En lo personal me parece más íntima y natural la ilación de las ideas al transcribirlas a un papel que la fría interacción con un teclado electrónico. Y por ello cuando redacto algo muy íntimo utilizo una pluma fuente. Por eso me pregunto: “Valdrá la pena descartar del todo el canutero”?

Por: Dagoberto Espinoza Murra,Honduras.