Opinión

De Rousseff a Maduro

Américo Martín

Diario El Nuevo Herald

Desde cierta perspectiva podría decirse que Rousseff y Maduro son del mismo género y de diferente especie. En la República Federativa de Brasil los poderes son autónomos y se contrapesan dentro de la mejor tradición democrática. En Venezuela, ya no.

El Supremo Tribunal Federal, el Senado y en general el Parlamento han decolado hacia posiciones críticas debido a las duras imputaciones contra figuras del PT y sobre todo contra Lula Da Silva y Dilma Rousseff. Se veía venir desde que José Dirceu, segunda figura del partido, sucumbiera moralmente en la maloliente olla del mensalao, tras lo cual incontables dirigentes laboristas han sido judicialmente perseguidos. Hay ejemplos resonantes, pero tampoco es usual en una democracia –y Brasil lo es– que sea enjuiciado el presidente en funciones o puesto en la picota un jefe político de la enorme gravitación de Lula Da Silva. Es, por supuesto, una prueba de estabilidad institucional; también lo es de las groseras dimensiones alcanzadas por la corrupción y del naufragio de un modelo castigado por la vorágine populista

No prejuzgo culpabilidades. Démosle espacio al debido proceso y tiempo a la defensa, no obstante parece un mal síntoma que los afectados contesten a denuncias concretas agitando el estólido argumento del “golpe de estado”, que insinuaría conspiraciones imperiales y zarandajas dirigidas a empañar el debate judicial. Dilma especula que el vicepresidente Temer es el eje del complot solo porque su destitución lo beneficiaría.

Precisamente es lo que opone Maduro a las condenas que lo colocan en el ojo del huracán, asolado por el vendaval de protestas que lo acosan. Es el estilo “bolivariano”. Inventar enemigos financiados por EEUU acechando desde sus escondrijos, anunciar estentóreamente invasiones, golpes y magnicidios que jamás pasan el filtro de las pruebas.

Las cifras se vuelven contra el gobierno de Brasil. Se pronostica un decrecimiento económico de aproximadamente 3.5% al cierre de este año y una inflación de dos dígitos, que siendo noticias irritantes para la poderosa nación, ni por asomo se acercan al drama venezolano: aquí esperamos un retroceso de 7% al culminar 2016 y una inflación de más de 700%, la más elevada del mundo por tercera vez consecutiva. Es el peor desempeño del continente.

¿Dilma o Nicolás? ¿Quién saldrá primero? Creo ocioso librarse a precisiones de esta naturaleza. La política no es una partida de dominó cuyas inertes piezas se mueven a voluntad de los jugadores. Es un oficio complicadísimo. Sus protagonistas son seres humanos llenos de pasión; lo inesperado es frecuente. Puede pensarse, claro, que si esos dos presidentes finalmente no pudieran sostenerse en la silla de mando les tocaría retirarse por vía constitucional, aunque pretendan hacernos creer que los asedian maquinaciones perversas.

El Poder Judicial protege a Maduro e investiga a Rousseff porque en Venezuela demasiados magistrados y jueces han sido colocados en salas del Supremo y tribunales claves para que sin el menor rubor ejerzan de fantoches, de boy scouts siempre a la orden del gobierno y sus paniaguados.

Rousseff está a la defensiva, pero no reprime. En cambio Maduro incendiaría la pradera impulsado por el fracaso y los severos pecados que envuelven a civiles y militares de su entorno, si entre dame y te doy, la alternativa democrática no le esté respondiendo.

La MUD no se aparta del cauce constitucional, pacífico, democrático y electoral. Las simpatías que ha despertado se desvanecerían si obrara cual “madurismo al revés”. La unidad es la otra gran banderilla de fuego. La notable victoria del 6D, la valiente performance de la AN y la persistencia de su política, son hijos de la unidad, encarnada orgánicamente en la MUD aunque se expanda diariamente a todos los rincones. Cada vez que habla un opositor –del partido que sea– trasunta la solidez del acuerdo. La unidad posible es la democrática, la que no oculta sino enaltece la diferencia, la competencia, la promoción de liderazgos tan variados como variadas son las corrientes de la sociedad. Ninguna arriará sus banderas ni amordazará a sus líderes, pero tampoco faltará a la cita de la victoria unida. Revocatorio y enmienda no dividen, unen, porque se complementan. Se recolectan firmas mientras los diputados diseñan la enmienda. Aquel removería al presidente, ésta abreviará el lapso.

Que muchos quieran ser candidatos es excelente. ¡Que compitan cien escuelas, que florezcan mil flores y defiendan en los momentos decisivos esa unidad que nos ha traído hasta aquí! Si en el oficialismo –un solo mando, una sola ideología– se insinuara otro candidato el cisma estaría cantado. Observen ahora el crepitar de los hechos. Le recordaron a Maduro que así como lo amenazan con despedirlo antes de tiempo él podría responder de la misma forma a los insolentes diputados.

–¡Hombre!, no me había fijado que el artículo 343 me permite a mí también la iniciativa de las enmiendas. Ajá, le mocharé el período a la AN a ver qué hará. ¡Gracias, Escarrá!

Ha lanzado una pelota perfumada a un poderoso slugger. La respuesta salió como por encanto y no de un estrellado sombrero de farsante de feria.

–Perfecto, Maduro, reconoces por fin que un poder pueda acortarle el período a otro mediante la enmienda. Aceptamos. Contémonos, pues.

Habías olvidado que las enmiendas se someten al dictamen del “soberano originario”, si mal no recuerdas. Sé que darás marcha atrás. Pero también sé que en esta era de héroes revolucionarios destronados o acomodándose mejor, la radiografía pública de tu gestión en la OEA podría forzarte a dialogar en serio y a despedirte del mando.

Eso sí: pacífica, democrática, electoral y constitucionalmente.

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