Opinión

De la meritocracia a la mediocridad

Por: Heriberto Valverde Castro / Costa Rica.

La resolución de la Sala IV por la cual deja a la libre el ejercicio del periodismo que por mucho tiempo se entendió como una profesión, no es sino la ratificación de esa mediocridad que nos ha invadido desde todas partes y ahora desde lo que se suponía debía ser algo así como el “sumum” de la meritocracia.

Resulta, si no imposible, sí muy difícil explicarse desde el pensamiento lógico que unos señores letrados y unas señoras letradas no puedan entender la diferencia entre la libertad de expresión y el ejercicio de una profesión, el periodismo, que ciertamente convive permanentemente con ese derecho humano pero que es muy diferente en cuanto oficio o trabajo.

Semejante desacierto es lamentable. Primero, porque el país está urgido de liderazgos sanos, inteligentes, visionarios, anclados en la realidad, pero con la mira puesta en la calidad, en el trabajo, en la investigación, en la disciplina, en el rigor.

Segundo, porque se convierte en un nefasto mensaje, un balde de agua fría para la juventud estudiosa, en general, pero de manera contundente para quienes ejercen el periodismo al amparo, la guía y la vigilancia de un título profesional, y para quienes se preparan para ello.

Tercero porque, del otro lado, esa resolución se convierte en todo un himno al oportunismo, al facilismo, a la irresponsabilidad, a toda esa corriente del menor esfuerzo y la máxima ganancia que nos tiene al borde del precipicio, en lo ético, en lo social, en lo económico, y, al parecer, dada esa pifia jurídica, también en lo axiológico.

Pareciera ser un fallo a la medida de quienes desprecian los títulos y renuncian al esfuerzo para alcanzarlos, pero a la vez estiran la mano para recibir lo que les daría el tenerlos; a la medida de quienes convierten a “vivillos” y a “estrellas” en personajes de primera página; y por supuesto, el escudo insoldable para quienes lucran con las noticias falsas, el sensacionalismo y la mentira. En fin, una resolución en línea con la inversión de valores que viene minando nuestro tejido social.

En 1985, cuando la Sala IV, al amparo de una resolución de la tristemente célebre Corte Interamericana de Derechos Humanos, falló en contra de la Colegiación obligatoria de los periodistas, escribí un comentario que titulé “¡Qué fallo!”. Entre otras cosas, señalé que esa decisión podía marcar el inicio de un futuro oscuro para el ejercicio del periodismo, con todas las consecuencias que eso acarrea para la dinámica social y la injerencia de los medios de comunicación en esa dinámica.

El tiempo me dio la razón con creces, tanto que hoy esta resolución no desentona con lo que ha venido viviendo nuestra sociedad y, por el contrario, el proceder de estos jueces parece muy acorde con este clima de incertidumbre, desesperanza y frustración a las que nos ha conducido una clase dirigente que cada vez menos ha tenido en el ejercicio periodístico y en el papel responsable de los medios, el contrapeso que demanda una democracia sana.

En 1985, los demás profesionales (y no pocos del patio propio) nos dejaron solos a quienes levantamos la voz por un interés superior. Los líderes y formadores de opinión se escondieron, se agacharon o se alegraron con aquel FALLO. Primaron la comodidad de muchos y el interés de algunos; y las consecuencias llegaron, inexorablemente llegaron y el país lo ha resentido.

Hace 50 años la sociedad costarricense apostó por el periodismo profesional, por la vía legal y académica. Y fue creada la Escuela de Periodismo de la UCR. Después vinieron otras escuelas, con distintos enfoques y calidades; todas con grandes fortalezas que nos dan profesionales de calidad; todas padecen hoy debilidades que devienen en profesionales deficientes. Eso es lo que hay que atender, con visión, rigor y valentía, en lugar de salir por la puerta de atrás como lo ha hecho otra vez la Sala IV.

¿Qué podemos esperar hoy en este teatro y con estos actores?

Que nuestros jóvenes más valiosos no depongan sus ilusiones y su compromiso con la calidad en el ejercicio de esta trascendental profesión. La oscurana pasará.