CUENTO CORTO
Mg. Lilian Alarcón Durán Portoviejo/Manabí
LA GUITARRA DE LA ESTRELLITA
Había una vez una niña inquieta a quien le regalaron una guitarra, no era una guitarra cualquiera. Era de madera clarita, con una pequeña estrella tallada en el borde. Se la regaló su abuelo antes de irse al cielo, y le dijo: _»Cuando estés cansada o triste, ella va a cantar por ti».
La niña inquieta no podía quedarse quieta. Corría por el patio, subía a los árboles, cantaba en la iglesia, preguntaba por todo. Pero cuando tocaba la guitarra… ¡ay! El mundo se detenía. Sus manitas temblaban un poco al principio, porque las cuerdas le raspaban, pero no se rendía.
Un día, la niña se empezó a cansar mucho. Jugaba un ratito y ya se sentaba. Su mamá la llevó al doctor y le dijeron que su corazón y sus riñoncitos estaban un poquito delicados. La niña se puso triste. «¿Ya no podré tocar?», preguntó.
Esa noche abrazó su guitarra y lloró. Y entonces recordó lo que le dijo su abuelo. Tocó un acorde, bajito… y la guitarra cantó por ella. No fuerte, no rápido. Suave, como un susurro de Dios.
Desde entonces entendió que no tenía que tocar como antes. Podía tocar sentada, despacito, con pausas. Y cada nota que tocaba, aunque fuera chiquita, llegaba hasta el cielo. Porque su guitarra no medía la fuerza de sus manos, sino el tamaño de su fe.
La niña inquieta creció. Ya no era tan niña, pero seguía inquieta. Y su guitarra también creció con ella. Ya tenía algunas rayitas, el brillo se le había ido un poco, pero la estrellita seguía ahí.
Una tarde, después de cantar en la misa, se cansó tanto que tuvo que sentarse en la última banca. Vio como los demás se iban, riendo, con energía. Y se le hizo un nudito en la garganta.
“Señor, ¿por qué yo me canso tanto?” – le susurró a su guitarra.
En ese momento entró a la iglesia una niñita más chiquita que ella. Tenía los ojitos llorosos.
“¿Por qué lloras?” – le preguntó la niña inquieta.
“Porque mi mamá está enferma y ya no canta” – dijo la chiquita.
La niña inquieta, aunque estaba cansada, levantó su guitarra. Sus dedos le pesaban, sí, pero tocó. Tocó la canción que su abuelo le enseñó, bajito, con pausa, respirando entre cada estrofa.
La niñita chiquita dejó de llorar. Se sentó a su lado y empezó a tararear.
Y entonces la niña inquieta entendió: Dios no le había quitado la fuerza para castigarla. Se la había cambiado de lugar. Antes la fuerza estaba en sus piernas para correr. Ahora estaba en su voz para consolar. Antes estaba en no parar nunca. Ahora estaba en saber parar y aun así seguir cantando. Su cansancio no era el final de su música. Era una forma nueva de tocar.
Y desde ese día, cada vez que se cansaba, en lugar de enojarse, tocaba. Porque sabía que en algún rincón de su casa del bello Manabí, de donde fuera… alguien necesitaba esa canción suave que solo una guerrera cansada sabe cantar.
Y esa guitarra la acompañó cuando sus piernas ya no querían correr tanto. Y su fe la acompañó cuando su cuerpito se cansaba. Después de aquella tarde en la iglesia con la niñita que lloraba, algo cambió.
La niña inquieta, que ya no era tan niña, empezó a esperar. Cada domingo, después de misa, se quedaba un ratito más en la última banca, con su guitarra en las rodillas. No para que la vieran. Para ver si alguien más necesitaba una canción suave.
Y venían. Venía el señor que había perdido su trabajo. Venía la señora que extrañaba a su hijo que había partido y estaba lejos. Venía el joven que tenía miedo. Nadie le pedía tocar fuerte o rápido. Solo le decían: «Toca esa, la de la estrellita».
Un día, la niñita chiquita regresó. Pero no estaba llorando. Traía en sus manos una flauta de plástico, de juguete. Me enseñas?» – le dijo. La niña inquieta sonrió. Por primera vez en mucho tiempo no se sintió que estaba enferma, la que se cansaba, la que necesitaba ayuda. Se sintió maestra. Se sintió puente.
Le enseñó despacito. Como su abuelo le enseñó a ella. Nota por nota, con pausas, con risitas. La manita de la niña chiquita no alcanzaba bien, pero no importaba. Lo importante no era que sonara perfecto. Era que sonara con amor. Y mientras le enseñaba, su propio cansancio se le olvidó un ratito.
Esa noche, cuando llegó a su casa, abrazó su guitarra y entendió por fin lo que su abuelo quiso decirle:
“Cuando estés cansada o triste, ella va a cantar por ti” no significaba que la guitarra iba a hacer magia sola. Significaba que cuando ella ya no tuviera fuerza para cantar para ella misma, Dios le iba a mandar a alguien para que ella le cantara a esa persona. Y al cantar para otro, su propio corazón sanaba un poquito.
La niña inquieta nunca dejó de estar cansada. Algunos días eran más difíciles, tenía que ir al hospital, tomar agüita poquita, cuidarse mucho. Pero ya no estaba triste por eso.
Porque ahora tenía una pequeña orquesta. La niñita de la flauta, el señor que ahora aplaudía, la señora que ahora tarareaba. Todos los que habían pasado por su banquita.
Y su guitarra, con su estrellita gastada, ya no era solo suya. Era de todos.
Y así, la niña inquieta, que recibió una guitarra por amor, devolvió ese amor en canciones bajitas que curaban. Y aunque su cuerpo a veces dolía, su alma… su alma nunca dejó de ser inquieta, nunca dejó de cantar. Y cada vez que que la niña inquieta toca su guitarra, el cuento vuelve a empezar.
