CUENCA Y LA LEYENDA DEL MIRLO
Ermel Aguirre González/Guayaquil
En las antiguas calles de Cuenca, entre tejados, campanarios y chimeneas, todavía se recuerda una curiosa leyenda sobre el mirlo. Cuentan los mayores que, en tiempos remotos, estas aves lucían un plumaje completamente blanco, tan claro como las nubes que atraviesan el cielo de la serranía.
Cierto enero llegó acompañado de heladas implacables. Los mirlos, cansados de soportar aquel frío, decidieron esconderse para protegerse y, confiados, se burlaron de enero, creyendo haberlo vencido. El mes, ofendido por semejante desafío, pidió prestados algunos días a febrero y descargó sobre la tierra un frío todavía más intenso.
Desesperadas, las aves buscaron refugio dentro de una vieja chimenea, donde encontraron el calor que necesitaban. Permanecieron allí varios días, sin advertir que el humo y el hollín comenzaban a cubrir lentamente sus blancas plumas.
Cuando finalmente regresó el buen tiempo, los mirlos levantaron vuelo sobre Cuenca. Ya no eran blancos: sus cuerpos mostraban tonalidades café oscuro y algunos parecían completamente negros.
Desde entonces, según la tradición popular, el mirlo conserva en su plumaje el recuerdo de aquella batalla contra enero y de la chimenea que le salvó la vida, pero cambió para siempre su apariencia.
