Opinión

¿CUÁNTOS ALFILERES CABEN EN LA CABEZA DE ARTISTAS QUE SE CREEN GENIALES Y DIVINOS?

Por: Nelson Villacís/ Ibarra

Poeta, pintor y místico

nrvillacis@ live. com

 

Sea real o ficticio; sin pruebas verificables ni refutaciones explícitas, se le atribuye a Tomás de Aquino haber planteado en la Suma teológica escrita en 1.270 la siguiente interrogante: ¿Cuántos ángeles caben en la cabeza de un alfiler?

De ahí suponen que los monjes y filósofos escolásticos debatieron durante dos siglos la cuestión planteada e inclusive cuentan que el 29 de mayo de 1.453 cuando los turcos invadieron Constantinopla aún debatían entre puntas de alfileres y ángeles tomados de los cabellos por la Edad Media.

Hay eruditos del siglo XX que trajeron la cuestión nuevamente a debate y sostienen que todo eso es mentira y que esta interrogante recién apareció o fue planteada por el teólogo inglés William Sclater (1.575-1.626) como parte de sus notas expositoras a la primera Epístola frente a Tesalonicenses en 1.619 y que lo hizo para desacreditar o burlarse de todos los filósofos escolásticos y que su pregunta verdadera fue ¿Cuántos ángeles bailarían en la cabeza de un alfiler?

Vaya que aún en pleno siglo XXI durante este nuevo milenio, ciertos físicos cuánticos han deducido en un estudio matemático que caben la cantidad de 10 elevado a la potencia 25; es decir un 1 seguido por veinticinco ceros (10.000.000.000.000.000.000.000.000)

Yo, como en primer lugar nunca me vi preso de hipótesis antojadizas ni burdas percepciones ilustradas preferí preguntarme desde muy joven: ¿Cuántos globos de helio caben en cada idea imaginaria planteada por un artista iluso? Entonces me hice el portador de alfileres y agujas para andar pinchando globos de la mente humana. Decidí desde entonces ser arte y no solo hacer arte; para así, cual versátil nómada o peregrino de la creatividad nunca solicitar permiso ni de ángeles con dagas ni académicos con navajas.

Fue así que, luego de algunos años de autoexigencia con la pintura y el dibujo ( en donde primero desafié mis propias trabas y tabúes) quise por fin exponer en público mis trabajos, para ello empecé con modestos kioscos, mercados, terminales, parques o calles como forma de tomarme los espacios públicos  con mi arte; luego poco a poco, fui montando mis primeras exposiciones formales, (para llamarlas de alguna manera) bajo  la modalidad de hacer al público no solo un asistente o veedor de mis obras sino un actor y partícipe de las mismas. Es decir, un perceptor y no solo un receptor. Un feedback en acción y no solo un atisbo en ficción.

Luego de algunas gratas y otras vanas o agraviadas experiencias me encerré a pintar sin salir ni a la esquina, era una especie de auto secuestro con paleta, bastidores, caballetes, óleos, pasteles y acrílicos. Luego fue tanta la obra acumulada, que muy a pesar de haberle sometido a curaduría tenía tanto que mostrar y presentar que tuve que pedir 3 museos en diferentes lugares. A la entrada de cada museo hubo un denominador común que era la ironía. A la entrada de la primera exposición en el antiguo edificio del Banco Central, coloqué un desnudo femenino que había dibujado al carboncillo para presentarlo adornado como un altar con flores y velas; ahora, mi desnudo altar era poco convencional ya que perforé el dibujo en su parte vaginal para abrir un cepo o alcancía con una flecha que servía como guía hasta allí y qué decía: – deposita tu moneda – La obra se llamó PROSTÍBULO y era un experimento social para indagar cuántos estaban dispuestos a prostituirse y pues hubo gente que puso su moneda y otros más osadas hasta pusieron un billete en la vagina del carboncillo.

A la entrada del otro museo que era la recién reinaugurada Estación del Ferrocarril coloqué un trono de rey pero con un detalle bastante peculiar y es que el trono era un inodoro con una corona suspendida en el aire como aureola y un mensaje que decía: – Si te sientas en este trono averiguarás quién mismo nos gobierna – Hubo viajeros, primordialmente extranjeros que se sentaron, rieron y se tomaron fotos sonrientes.

La exposición restante la desplegué en la Casa de la Cultura donde puse libros pintados, zapatos viejos, huevos y hasta cruces armadas en base a desnudos.

Tanto en el museo del Banco Central como en la estación del tren, a sus directores, no les agradó mucho la idea y tuvieron que aceptarla de mala gana puesto que les acogió de sorpresa porque nunca les di aviso previo ni advertencia de la misma.  Era de ver cómo les temblaban las piernas a los burócratas que tenían a su cargo la dirección de tales museos, en tanto yo, con mis alfileres y agujas, pinchaba sus maquillados rostros y tabúes morales.

Así me consolé con el recuerdo de cuando Miguel Ángel pintó la escena del juicio final en el ábside de la capilla Sixtina, pero el cardenal Baggio Di Ascecena (maestro de ceremonias papal) se indignó y le reclamó acerca de ¿Por qué había pintado a todos los personajes e incluso a las mismísimas Deidades desnudas? entonces Miguel Ángel, con una sonrisa le dijo: -He pintado el momento más importante e impactante de la historia – , y es cuando Dios baja al mundo a juzgar a los vivos y los muertos – pero entonces usted  ¿Por qué es tan estúpido que solo se le ocurre mirar si iremos vestidos o no?

Di Ascecena trató de cubrir la pintura con telas; pero Miguel Ángel, quien era un valiente artista, decidió desquitarse del cardenal Baggio, incluyendo su imagen en el mural, pero representándolo como Minos, príncipe del infierno, con orejas de burro y una serpiente enroscada alrededor de la región dorsal. Esto causó aún más estupor y coraje en el clérigo, quien fue directamente donde el Papa Pablo a solicitarle que removiera su figura del infierno, entonces el Papa Pablo, que respetaba mucho el arte de Miguel Ángel solo le dijo con mucho humor que: -Miré cardenal Di Ascecena, mi potestad llega tan solo hasta el purgatorio; pero como en el infierno no tengo influencia alguna, no podré sacarlo jamás de ahí. –

Al final la obra quedó plasmada y todo eso de la desnudez expuesta o cobijada fue quedando al criterio de cada Papa.

Miguel Ángel al concluirla sentenció: < El día en que Papas y curas hagan del mundo un lugar feliz, mi pintura solo seguirá su ejemplo y ya no serán necesarias, las polémicas ni condenas. >