Opinión

Cuando renací…

Dr. Miguel Palacios Frugone/Guayaquil

 

 

Andaba por los quince años…

En el colegio era peleonero y generalmente sacaba la cara por los más chicos para pelear contra los más grandes y abusivos.

Como consecuencia de esto, me fracturé el tabique nasal en varias oportunidades.

Por esas cosas raras que tiene el destino, estaba en EE.UU y me llevaron a dónde un otorrinolaringólogo que trabajaba en el mundialmente famoso John Hopkins Hospital.

Programaron mi operación y la misma se llevó a cabo.

Cuando desperté estaba en un cuarto de terapia intensiva. Frente a mí, había un reloj redondo e inmenso que daba la hora.

De pronto llamé a la enfermera en varias oportunidades y obtuve un gran silencio como respuesta.

Sentía y sabía que algo malo me sucedía. Estaba inquieto y respiraba frecuentemente. Tenía una sensación de ahogo que era imparable.

A los pocos minutos de esta desesperación estaba convencido de que iba a morir.

Gritaba desesperado y no podía moverme ya que habían atado mis manos y mi cuerpo a la cama. Sentía calambres en la cara y todo el cuerpo, mientras la angustia se había convertido en insoportable.

Lloraba y gritaba, porque tenía la sensación de que iba a morir.

A pesar de todos los gritos que daba, nadie me respondía y yo sentía un gran dolor mientras veía como se me retorcían los ojos. Tenía calambres en los dedos de mis manos y pies, de una forma inaguantable e imparable.

De repente caí en cuenta de que mi abdomen estaba hinchado y no podía orinar.

Ya no soportaba más este tormento y quería que la muerte me llegará pronto, para que este dolor se acabe.

Así transcurrió casi una hora.

Ya no podía aguantar más los dolores, la desesperación, los calambres y el abdomen hinchado.

Sin embargo, cuando ya veía doble y nublado, tuve la sensación que me desplazaba flotando hacia un lugar que estaba vacío y lo sentía como lejano, semi oscuro y muy silencioso.

En ese instante entró una enfermera y desesperada llamó a todo un equipo de médicos que vinieron con unas máquinas y me dieron respiración boca a boca, mientras me inyectaban con una aguja grandota el corazón, mientras me daban masajes en mi pecho.

Después de tres horas y cuando desperté, vi la tierna y angelical mirada de mi madre, quién me tenía cogido de la mano, mientras me sobaba la cabeza y con una voz que parecía un ángel me decía: todo va a estar bien, ya pasó todo.

A los tres días salí del hospital con un yeso en mi nariz.

Había tenido un shock anafiláctico de muerte, por reacción alérgica a un medicamento antibiótico que me habían puesto.

Ahora después de tantos años que han pasado, recuerdo mi desesperación como si fuera hoy.

La única explicación que tengo para mí mismo es que estaba muriendo y camino al más allá.

Por alguna razón que desconozco y no puedo explicar, regresé por este espacio suspendido entre la nada, sin espacios ni sonidos, dónde no existía el tiempo ni había cosas físicas para tocar.

Esta ha sido la situación más dura y torturante que he vivido.

Ahora que pasó todo y analizo lo sucedido, llego a la conclusión que este suceso, en lugar de deprimirme o volverme temeroso, me hizo mucho más valiente, fuerte y sin miedo, frente a las adversidades que me ha puesto la vida.

Después de la agonía inenarrable, incuantificable y el tormento infinito que viví, regresé al colegio para seguir peleando contra los más grandotes, como si nada sucedió.

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