Opinión

Cuando los demás estaban en misa

Jorge Alania Vera

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Desde Lima, Perú, para LA NACIÓN de Guayaquil, Ecuador.

Dublín, la ciudad que Joyce muestra tan admirable y meticulosamente en su Ulises, sin describirla, es la ciudad de la literatura, según declaración oficial de la UNESCO, pero lo es, sobre todo, del honor, de la fe y del coraje. Es la urbe gris que late con fuerza en un lugar escondido de Europa y que repite en nombre de San Patricio y con la voz de sus cruzados, el verso y la arenga de Padraig Perse: ¡Yo te declaro mi guerra sin cuartel y para siempre Inglaterra!

El paisaje rural de Irlanda con sus cuchillos y sus patatas perdurará en los versos del poeta Seamus Heaney que vivió con su familia en una granja con techo de paja en el condado de Derry y que en memoria de su madre escribió el más bello poema de Irlanda, elegido por el país entero en una extraordinaria encuesta, cuyo resultado final fue anunciado por el presidente:

“Cuando los demás estaban en misa/ Yo era todo suyo mientras pelábamos papas/ Rompían el silencio, soltadas una a una/ Cosas compartidas en la grata frescura/ De los dos resplandecían en el agua clara de un cubo. / Y seguían cayendo. Salpicaduras/ Del trabajo del otro que nos regresaban al mundo /Así que cuando el padre junto a su cabecera/ rezaba en voz baja la oración de los muertos/ Yo recordé su cabeza tendida sobre la mía/ los alientos mezclados, los filosos cuchillos. /Nunca en la vida estuvimos tan cerca.”