Opinión

Cuando los bombardeos asustan menos que una vida de refugiado

Ilya U. Topper

@EFE

No todos los cientos de miles de refugiados sirios en Turquía sueñan con irse a Alemania: algunos incluso prefieren una vida bajo los ocasionales bombardeos antes que un futuro incierto como desplazado en un país europeo.

“Tengo tres amigos en Alemania y me han dicho que también quieren volver: allí les dan comida, pero viven como animales encerrados en un campamento, no tienen nada que hacer allí”, asegura a Efe Adnan, un estudiante de segundo de Medicina.

Adnan, de 18 años, espera en el paso fronterizo de Öncüpinar, en la provincia turca de Kilis, a que un pequeño autobús le traslade a él y otras dos familias de vuelta a Siria.

Es una decisión de peso: al salir, la Policía de fronteras turca destruirá su tarjeta de refugiado y ya no podrá volver a Turquía, salvo ilegalmente.

Adnan es oriundo de Raqqa, feudo del grupo yihadista Estado Islámico (EI, Dáesh), pero quiere volver a Damasco para terminar su carrera de asistente médico, después de trabajar dos meses como jornalero en los campos en Turquía, donde tiene familiares refugiados.

“No estoy con ningún bando: ni con el Dáesh, ni con el régimen, ni con Ejército Sirio Libre (rebelde)”, asegura. “Y creo que voy a poder trabajar y vivir en Siria con quien sea”.

Tendrá que cruzar territorio de grupos rebeldes, y tal vez incluso de milicias kurdas, para llegar a Raqqa para visitar a su familia y después tendrá que salir a escondidas hacia Damasco, porque el EI no permite que los hombres en edad de combatir salgan de su zona.

El único peligro son los bombardeos aéreos rusos que “apuntan a todo lo que se mueve, especialmente a civiles”, asegura otro viajero, Karim, un hombre de 50 años que se dispone a regresar a Deir ez Zor junto a su mujer y dos niñas pequeñas.

“Somos civiles y pobres; los grupos armados no nos hacen nada, sólo registran si llevamos armas”, señala.

Karim llegó hace seis meses a Turquía, pero no encontró trabajo y encuentra la vida en el país muy cara, por lo que prefiere regresar a su pueblo, ahora bajo dominio del Dáesh, para labrar allí la tierra, explica resignado.

“Hay bombardeos allí de vez en cuando, pero no hay combates. El Dáesh nos deja tranquilos; es verdad que han prohibido fumar, pero yo ya dejé el tabaco y rezo regularmente, así que no tenemos nada que temer”, apunta.

Menciona con indignación el destino de los aproximadamente 30.000 desplazados que han huido de los combates en Alepo en los últimos días y se agolpan en campamentos improvisados, donde reciben ayuda de organizaciones humanitarias turcas.

“Dicen que les llevan de todo, pero no es verdad. Han puesto 200 tiendas para 20.000 personas, se hacen la foto y se van. Hay gente que se ha muerto de frío allí, según me han contado”, asegura Karim.

Por el paso fronterizo no paran de pasar grandes camiones de matrícula turca, pero ni sus conductores saben a dónde llevarán sus mercancías: “Todos descargamos al otro lado de la barrera, tras la aduana, y desde allí lo recogen camiones sirios”, señala un conductor ante el portón fronterizo que separa dos mundos.

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