Opinión

Cuando la opinión se disfraza de sentencia.

Dr. Jorge Alberto Norero González/Guayaquil.

 

 

Según Lenin Artieda, el Gobierno habría sufrido “una paliza” el 16 de noviembre. Con tono de burla, descalifica a los voceros oficiales y acusa al Presidente de vivir en una “burbuja”. Vale glosar estas expresiones, porque muestran lo que un comunicador amargado puede hacer cuando dispone de un micrófono y de un canal para estimular prejuicios, alimentar animadversiones y quizá servir a intereses poco claros.

Este tipo de influencia —cuando se ejerce con mala fe— es profundamente dañina para cualquier sociedad. Y lo es aún más cuando se confunde deliberadamente el resultado de una consulta popular con una elección de autoridades. Son procesos distintos, con objetivos distintos y con coyunturas distintas. Sólo desde la ignorancia —o desde la conveniencia— se puede pretender equipararlos.

Preguntarle al soberano mediante consulta o referéndum es, en sí mismo, una manifestación inequívoca de conducta democrática. Es lo que hace un gobernante que busca actuar dentro del marco institucional, escuchando a la ciudadanía y sometiendo a su voluntad las decisiones estratégicas. Solo los demócratas verdaderos se exponen al juicio directo del pueblo.

Los déspotas, en cambio —como intentan instalar ciertos opositores miserables— actúan en sentido contrario: ignoran la opinión colectiva, persiguen el disenso, castigan a sus adversarios, imponen su criterio a la fuerza. Quienes hoy pretenden tildar de autoritarismo a la consulta, en realidad describen el tipo de conducta que ellos mismos justificarían si estuvieran en el poder.

La falta de formación política, unida a impulsos voluntaristas y pasionales, provoca que algunos incluso pidan la renuncia del Presidente por el resultado de la consulta. Tal petición, además de carecer de sentido democrático, revela una incomprensión total del sistema institucional y una profunda pobreza intelectual.

El Gobierno —con el Presidente a la cabeza— tiene todavía todo por delante. Su base dura se consolidó en 41% pese a enfrentar a todos, absolutamente todos sus detractores simultáneamente. Esa cifra, lejos de ser una derrota, es una señal clara que inquieta a quienes ya sienten que los próximos procesos electorales los pondrán a prueba.

La lección es simple y vigente: camarón que se duerme se lo lleva la corriente. Hoy más que nunca, toca mantenerse despiertos, trabajando y avanzando.

Semper Fi.