Cuando la mesa se quedó sin voces y el vacío inundó mi soledad.
Dr. Jorge Alberto Norero González/Guayaquil.
Mirando atrás, descubro con cierta tristeza que hemos desperdiciado tanto tiempo…
Tiempo que pudo haberse llenado de abrazos, de palabras sencillas, de risas compartidas bajo el mismo techo.
Teníamos todo para ser felices,
pero la prisa y la vanidad del mundo moderno nos robaron el milagro de lo simple.
La comodidad, el materialismo y la tecnología —esa tríada brillante y traicionera—
hicieron la vida más fácil, sí…
pero también encendieron la codicia, la envidia y la distancia.
Los hijos se alejaron de los padres, los amigos se volvieron avatares,
y en los hogares, donde antes reinaba la voz, hoy manda el silencio iluminado por pantallas.
La radio, la televisión, la tablet, el celular…
Todos esos inventos que prometieron unirnos,
nos separaron en la intimidad.
Y los audífonos, ¡ah, los audífonos!,
esos pequeños verdugos del alma que aíslan al joven del mundo,
que lo encierran en su ruido mientras el mundo se derrumba y él ni siquiera lo oye.
Cómo extraño aquellos tiempos…
Cuando cada desayuno, almuerzo o cena era una fiesta del alma:
un momento para mirarnos, besarnos, compartir los sueños, los triunfos y también las frustraciones.
La vida era más sencilla, y hasta los días parecían más largos.
La lluvia era un bautismo de esperanza,
y los truenos, la voz de Dios recordándonos nuestra pequeñez,
limpiando con su luz la oscuridad que anida en los corazones resentidos.
Hoy, cuando intento reunir a mis hijos y nietos,
debo suplicar que apaguen sus celulares,
que el niño deje el video,
que aprenda —aunque sea por un instante— a comer con la familia,
a mirar a los ojos, a escuchar sin pantallas de por medio.
Y por exigirlo, por ser firme en ello,
cada vez vienen menos.
Aparecen excusas, compromisos de última hora,
y lo que antes era un rito sagrado, hoy parece una costumbre ridícula.
Cuando intento abrir un tema de conversación,
me dicen —con una mezcla de ternura y cansancio—
que soy anticuado, que ya no entiendo el mundo.
Pero ese mundo que ellos entienden,
es un mundo donde se amanecen entre extraños
y los hijos duermen sin sus padres, cuidados por la suegra o la tía que hace de madre.
Cada día la familia se disuelve un poco más,
y lo que antes era “los míos”
ahora se mezcla con los de afuera —aunque solo existan en una pantalla.
Por eso, vuelvo al inicio de mi reflexión.
Tomo mi lámpara,
esa luz interior que aún no se apaga,
y extiendo mi mano a quien quiera acompañarme
en las últimas singladuras de esta aventura hermosa y dolorosa
que se llama vida.
Semper Fi.
