Opinión

Cuando la familia deja de educar

Por: Yovana Cárdenas Lino
Desde Lima, Perú, para La Nación de Guayaquil, Ecuador.

 

Cuando se debilita la educación en la familia, se pierde algo que ninguna institución puede reemplazar: el valor del ejemplo, el afecto y la intimidad. Muchas veces confundimos educar con enseñar. La escuela transmite conocimientos y desarrolla capacidades, pero la familia forma valores, hábitos y maneras de relacionarse con los demás. Un niño aprende a respetar no solo porque se lo explican, sino porque observa respeto en su propio hogar.

La familia también es el primer espacio donde los hijos descubren el amor, la pertenencia y la responsabilidad. Un padre o una madre que escucha, pone límites y permite que sus hijos enfrenten las consecuencias de sus decisiones está formando personas capaces de convivir y asumir responsabilidades. Esa experiencia afectiva cotidiana no puede compararse con la relación racional que existe entre un profesor y sus alumnos.

Hoy, psicólogos que trabajan con jóvenes advierten sobre una generación con dificultades para afrontar la frustración y los problemas, a la que muchas veces se denomina “generación de cristal”. Esto nos obliga a preguntarnos si, en nuestro afán de proteger a los hijos, estamos evitando que aprendan a equivocarse, levantarse y resolver sus propias dificultades. Por ejemplo, ante una mala calificación, no siempre debemos buscar al culpable; también debemos enseñar al joven a reconocer el error y encontrar una solución.

Por eso, la familia y la escuela no deben competir, sino complementarse. El Estado tiene la responsabilidad de garantizar una educación de calidad, pero no puede sustituir los vínculos familiares ni el ejemplo cotidiano. Educar no es solamente preparar para un examen o una profesión; es formar personas capaces de amar, convivir, asumir responsabilidades y enfrentar las dificultades. Y esa educación comienza, inevitablemente, en casa.