Opinión

Cuando la Casa Blanca miente sobre usted

Bret Stephens

Diario El Espectador de Colombia

La semana pasada, la Casa Blanca dijo una mentira. Fue una mentirita y, dada la escala épica de la mendacidad de este gobierno, una sin consecuencias. Solo que resultó ser sobre mí.

El jueves entrevisté al director de la CIA, Mike Pompeo, en un escenario público en el Foro de Seguridad de Aspen. Cubrimos todo, desde la interferencia rusa en las elecciones estadounidenses hasta la guerra en Siria y el acuerdo nuclear con Irán. El director también abrió un cierto camino político con la velada sugerencia de que el gobierno podría buscar un cambio de régimen en Corea del Norte.

Hubo un momento avinagrado. A mitad de la entrevista, Pompeo criticó ferozmente a The New York Times por publicar el nombre de un alto funcionario encubierto de la CIA el mes pasado, y calificó la revelación de “inadmisible”. La frase recibió el aplauso del público. Yo dije: “Usted está hablando de Phil Agee” y luego repetí el nombre. Pompeo replicó: “Yo no conozco ese nombre”, y proseguimos con la entrevista.

Mi réplica azorada no era una referencia al funcionario encubierto de la CIA, desenmascarado por The Times, sino, más bien, un torpe intento por referirme a la ley que rige tales divulgaciones. Philip Agee, como Pompeo y todo el público sabía, fue el infame funcionario de la CIA que se volvió traidor en los 1970, escribió unas memorias en las que reveló todo tipo de detalles e identificó públicamente los nombres de veintenas de funcionarios de la CIA, empresas de fachada y agentes extranjeros. Sus revelaciones llevaron a que el Congreso aprobara en 1982 la Ley de protección a las identidades de inteligencia, también conocida como “Ley anti-Agee”, por la cual la revelación de los nombres de los agentes encubiertos se hizo delito federal. Agee murió en La Habana en el 2008.

Si pudiera hacerlo de nuevo, recordaría el nombre de la propia ley y no el del hombre por quien se la llama así informalmente. Y podría preguntarle a Pompeo por qué el gobierno simplemente puso la ley a prueba constitucional demandando a The Times.

L’esprit de l’escalier: me declaro culpable.

Lo que no hice fue revelar el nombre de ningún funcionario encubierto —ni lo habría hecho, ya que no estoy de acuerdo con la decisión de The Times de publicarlo—. Así es que me resultó una mala sorpresa que, a la mañana siguiente, Dan Scavino, el director de medios sociales de la Casa Blanca, tuiteara que yo lo había hecho. “El director de la CIA Pompeo denuncia al @NYTimes por publicar el nombre de un agente ENCUBIERTO de la CIA”, escribió en su cuenta oficial de Twitter, y agregó: “¿Igual de vergonzoso? @BretStephenNYT REPITE el nombre 2x’”. También publicó un breve clip del intercambio, pero quita mi voz cuando menciono a Agee.

Eso fue ruin y falso, y estuvo manipulado, pero no necesariamente era una mentira. Si Scavino nunca hubiera oído hablar de Agee, no conocía el nombre del funcionario de la CIA cuyo nombre publicó The Times y no se tomó la molestia de revisar los hechos antes de tuitear, podría haber inferido de mi respuesta que, en efecto, yo hice lo que él alegó. Esa es una conjetura plausible sobre una Casa Blanca en la que la línea entre la idiotez y la malicia no siempre es clara.

Para darle a Scavino el beneficio de la duda, le pedí al portavoz de la CIA que pusiera los puntos sobre las íes. También refuté su aseveración en Twitter, en un correo electrónico que le envié y en mensajes que le dejé en su teléfono privado, y le escribí al nuevo director de comunicación, Anthony Scaramucci, a su dirección personal de correo electrónico.

Ningún acuse de recibo. Ninguna respuesta. No ha borrado el tuit. La CIA no ha corregido públicamente el registro. A sabiendas, la Casa Blanca está permitiendo que se quede la falsedad de Scavino. A eso se le llama mentir, que, como podría decir Pompeo, es “inadmisible”.

Y podrían preguntar: ¿cuál es la novedad? Bueno, no mucho, al menos si se está cómodo con un dispensa política en la que un alto funcionario de la Casa Blanca puede negarse a contestar sin ningún reparo y esperar que todos los demás bostecen y encojan los hombros. Cada gobierno tiene unas cuantas personalidades sulfúricas. Ésta se desborda y estalla con ellos, como un géiser fétido en Yellowstone.

Ni tampoco es nuevo que el ataque de Scavino también sea parte de un esfuerzo más amplio de la Casa Blanca por satanizar a The New York Times. Asimismo, en Aspen, el general Tony Thomas, jefe del Comando de Operaciones Especiales, alegó en una entrevista que había fracasado una campaña para asesinar al líder del Estado Islámico, Abu Bakr al Bagdadí, debido a una filtración a “un prominente periódico nacional”; no se dan premios por adivinar qué diario tenía en mente.

La aseveración del general también fue ambigua, al menos hasta donde le concierne a The Times. Si se toma junto con el estallido de Pompeo y la mentira de Scavino, surge la cuestión de si no están llamando a filas a los personajes normalmente apolíticos en la guerra de Trump contra la prensa. Esa es una idea preocupante para las instituciones como la CIA, que se supone que deben permanecer por encima de la refriega para preservar la confianza popular.

Esto es lo que a mí me inquieta más: uno juzga menos a un mentiroso por las falsedades flagrantes que dice que por las mentiritas, por su voluntad de vivir fuera de la verdad, aun cuando las ventajas de hacerlo sean casi insignificantes. El que Scavino no haya corregido el registro de algo tan ínfimo como mi intercambio con Pompeo, sugiere que mentirá sobre cualquier cosa. Y se trata del tipo que se encuentra en el corazón de la operación de los medios sociales del gobierno de Trump, la empresa más demagógica de nuestro tiempo.

La Oficina del Consejero Especial de Estados Unidos ya le advirtió a Scavino que, en abril, violó la Ley Hatch de 1939 al haber “participado en actividades políticas prohibidas”. Si Anthony Scaramucci es serio respecto a hacer la limpieza en su nuevo taller, despedir a Scavino debería ser una prioridad. Yo lo aceptaría en lugar de la disculpa que todavía me deben.

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