Opinión

Cuando fracasa la integración

Desde el ya lejano 11 de septiembre de 2001, el mundo occidental se ve sacudido por ataques terroristas. Así, se han constituido las políticas de seguridad en elementos claves de las políticas migratorias y los gobiernos han centrado especialmente la atención en la inmigración musulmana. En ese contexto, una buena parte de los expertos apuntan a lo mismo. Es la falta de integración -o las complicaciones de ésta- el principal motor que empuja a los jóvenes al terrorismo en el corazón de Europa. Inmigrantes “fracasados”, los etiquetan. Aunque también se podría pensar que es la sociedad de acogida la que falla.

Sin embargo, la variable integración no puede explicarlo todo. La mayoría de los atacantes han nacido y vivido décadas en el continente, adaptados laboral y económicamente. Son franceses, alemanes, belgas, con todas las de la ley. Sí están integrados socioeconómicamente, mas es en lo cultural donde están los ruidos. La integración cultural va un poco más allá del trabajar y habitar un lugar, tener documentos y acceso a los servicios públicos, supone algún tipo de identificación con la sociedad de llegada.

Además, hay que tener en cuenta que en el mundo globalizado e hiperconectado en el que estamos insertos, es posible vivir en una sociedad, país o región determinada y estar, por decirlo de alguna manera, mentalmente en otra sociedad, país o región. Los medios tecnológicos, fundamentalmente Internet, permiten el estar físicamente en un lugar y mentalmente en otro, y esto contribuye al debilitamiento de una integración cultural completa. En ese sentido, aunque es verdad que es relativamente baja la integración musulmana en los países europeos, esto no podría ser únicamente el factor explicativo, ya que hay otras inmigraciones con niveles similares de integración que no se ven llamadas a ocupar las filas del terrorismo, por ejemplo, la china. Hay otra dimensión que se nos escapa.

En Europa, los inmigrantes musulmanes representan la mitad del total de la inmigración recibida. El número de estos migrantes se estima en torno a los 15 millones, provenientes mayoritariamente de Turquía, Pakistán, Marruecos y Argelia. Algunos estudios, a los que echan mano los islamófobos, señalan que esta población muestra mayores problemas que otros colectivos para lograr una integración exitosa en las dimensiones educativas, ocupacionales, nivel de renta o, en datos más concreto como, por ejemplo, en el número de matrimonios mixtos.

Chérif Chekatt

El último ataque fue en uno de los centros neurálgicos de la burocracia europea: Estrasburgo. Allí tiene su sede el Parlamento Europeo, y es catalogada como la ciudad de la unidad europea y de los derechos humanos.

El atacante ha sido un joven de 29 años, con 27 condenas, nacido en Francia, de padres argelinos. Al grito de “Allahu akbar” -Alá es grande- abrió fuego ante una multitud en un mercadillo navideño, el más antiguo de Francia y uno de los primeros también de toda Europa.

Finalmente, luego de dos días de intensa búsqueda, el autor del atentado fue abatido en la misma ciudad, donde mató al menos a tres personas y dejó una docena de heridos, algunos de extrema gravedad.

Laberinto

La frecuencia de los ataques terroristas islamistas en Europa se ha multiplicado, por eso las autoridades europeas están preocupadas por los interminables atentados que se dan en el continente. No obstante, por más inteligencia de Estado y prevención, la particularidad de estos ataques hace difícil contenerlos: son lobos solitarios que abren fuego o se lanzan en un automóvil ante multitudes. Esta problemática es prioridad al interior de la Unión Europea y se vienen observando acciones y políticas más coordinadas para impedir la radicalización e intentar frustrar ataques.

Para Carmen González Enríquez, catedrática española, la lucha contra el terrorismo precisa actuar en todos los frentes: el educativo, para mejorar el desempeño de los inmigrantes; el laboral, ya que, por ejemplo, el desempleo entre los marroquíes en España ha llegado a superar el 50% en los peores años de la crisis económica; en los programas de prevención; en la coordinación de los diferentes cuerpos de seguridad, con una especial atención en lo que se predica en las mezquitas y lo que se publica en Internet; en las nuevas formas de relación con algunos países árabes. Sin dudas que todas esas medidas son imperiosas, aunque sería conveniente también revisar la historia, entablar un nuevo tipo de diálogo y disminuir las desigualdades entre los grupos sociales.

En el aire se palpa que la marginación social y las actitudes discriminatorias son más fuertes hacia la inmigración musulmana que hacia otras, y la estigmatización, causada por los ataques terroristas ya cometidos, crea un círculo vicioso de difícil solución.

Un laberinto del que no se encuentra la salida.

 Por Lucas Gatica