Opinión

Cuando el insulto reemplaza a las ideas

Dr. Jorge Alberto Norero González/Guayaquil.

 

 

Descalificar de la forma más despiadada a quien enfrenta al poder parece haberse convertido en la consigna de quienes defienden al régimen desde las redes sociales. En lugar de responder con argumentos a las críticas formuladas por un expresidente de la República, se ha optado por una campaña de ataques personales cuyo único propósito es destruir su honra, su prestigio y su trayectoria, por el simple hecho de haber calificado al actual gobierno como una expresión de autoritarismo e, incluso, de «criptodictadura», además de cuestionar la ausencia —según su criterio— de una planificación clara y de resultados verificables.

Los calificativos utilizados hablan por sí solos: «cadáver político con olor a formol», «asesino», «corrupto», «presidente por accidente», «nunca ganó una elección», «representante de una élite serrana de Quito integrada por oligarcas y vividores». Son expresiones que no enriquecen el debate democrático; por el contrario, lo degradan y terminan confirmando aquello que pretendían negar: la incapacidad de responder con ideas.

Paradójicamente, el efecto ha sido el contrario. Quienes afirmaban que el expresidente era una figura olvidada han conseguido devolverlo al centro de la discusión pública. Intentaron minimizar su influencia y terminaron fortaleciendo su presencia política. Es el conocido efecto de que el intento por silenciar una voz puede terminar amplificándola.

Pero existe un aspecto aún más preocupante. Resulta lamentable observar que muchos de quienes protagonizan estos ataques son jóvenes que parecen haber olvidado un principio elemental de convivencia: el respeto hacia los demás, especialmente hacia quienes, por su edad y experiencia, han ocupado un lugar en la historia política del país. La discrepancia es legítima; la injuria y el menosprecio no lo son.

La juventud es una etapa transitoria; el conocimiento, la experiencia y la capacidad intelectual pueden mantenerse e incluso alcanzar su mayor madurez con el paso de los años. Como expresó el propio expresidente, el paso del tiempo no disminuye la dignidad ni convierte a una persona en cobarde. La edad no caduca el pensamiento. Por el contrario, muchas veces es precisamente la experiencia la que otorga la lucidez necesaria para advertir los riesgos que otros aún no alcanzan a ver.

En una democracia, las diferencias deben resolverse mediante argumentos, evidencia y respeto. Cuando el insulto sustituye al razonamiento, no solo se degrada a quien lo recibe; también se empobrece la calidad del debate público y se debilitan los valores sobre los que descansa una sociedad verdaderamente libre.

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