Opinión

Cuando dos garan­tías cho­can.

Por Jorge G. Alvear Macías/Guayaquil.

 

La reciente sen­ten­cia del Tri­bu­nal Cons­ti­tu­cio­nal (TC) peruano que declaró la nuli­dad del pro­ceso penal seguido con­tra el expre­si­dente Ollanta Humala, acu­sado por la Fis­ca­lía de lavado de acti­vos por apor­tes ilí­ci­tos a sus cam­pa­ñas pre­si­den­cia­les de 2006 y 2011, tras­ciende a sus pro­ta­go­nis­tas y abre un debate sobre el Estado cons­ti­tu­cio­nal de dere­cho. La defensa alegó que los hechos impu­ta­dos no cons­ti­tuían delito cuando ocu­rrie­ron y que el pro­ceso vul­ne­raba el prin­ci­pio de lega­li­dad. El TC aco­gió esa tesis y recordó que nadie puede ser pro­ce­sado por una con­ducta que no era delito cuando se hizo. Aña­dió que ese prin­ci­pio pro­tege tam­bién frente al inde­bido pro­ce­sa­miento y pri­va­ción de liber­tad por apli­ca­ción retroac­tiva de la ley.

Pero los votos sal­va­dos de la magis­trada Pacheco Zerga y del magis­trado Mon­tea­gudo Val­dez reve­lan una cues­tión pre­via. La magis­trada recuerda que el habeas cor­pus no impugnó la sen­ten­cia con­de­na­to­ria, sino las reso­lu­cio­nes que recha­za­ron la excep­ción de impro­ce­den­cia de la acción. Añade que el pro­pio TC había sos­te­nido que esas reso­lu­cio­nes no res­trin­gen la liber­tad per­so­nal y, por tanto, no son impug­na­bles mediante habeas cor­pus. Si esa era su juris­pru­den­cia, el TC debía expli­car por qué ahora admi­tía una demanda antes decla­rada impro­ce­dente. Esa expli­ca­ción era indis­pen­sa­ble para ingre­sar al fondo.

Ese razo­na­miento resulta, en prin­ci­pio, con­vin­cente. Sin embargo, la pers­pec­tiva cam­bia al con­si­de­rar su dimen­sión humana. El TC ya sabía que Humala había sido con­de­nado a 15 años de pri­sión y estaba preso. Recha­zar el habeas cor­pus sig­ni­fi­caba man­te­nerlo en pri­sión durante meses —o años— pese a que el pro­pio Tri­bu­nal con­si­de­raba incons­ti­tu­cio­nal el pro­ceso que la ori­ginó.

Com­prendí enton­ces que, detrás del con­flicto de com­pe­ten­cia, exis­tía una ten­sión entre dos garan­tías cons­ti­tu­cio­na­les: de un lado, el juez natu­ral y el res­peto a la dis­tri­bu­ción cons­ti­tu­cio­nal de com­pe­ten­cias; de otro, la liber­tad per­so­nal frente a una pri­va­ción que el pro­pio Tri­bu­nal estimó cons­ti­tu­cio­nal­mente ile­gí­tima.

Tal vez el reme­dio cons­ti­tu­cio­nal dependa del grado de cer­teza alcan­zado por el juez cons­ti­tu­cio­nal. Si exis­ten inter­pre­ta­cio­nes pena­les razo­na­ble­mente posi­bles, corres­pon­derá devol­ver el pro­ceso al juez ordi­na­rio. Pero si la incons­ti­tu­cio­na­li­dad es mani­fiesta y nin­guna inter­pre­ta­ción jurí­di­ca­mente sos­te­ni­ble puede man­te­ner vivo el pro­ceso, pro­lon­gar la pri­sión
con­ver­ti­ría una garan­tía ins­ti­tu­cio­nal en una nueva vul­ne­ra­ción de un dere­cho fun­da­men­tal.

Si el TC enten­día que el caso jus­ti­fi­caba apar­tarse de su pro­pia juris­pru­den­cia sobre la pro­ce­den­cia del habeas cor­pus, tenía el deber cons­ti­tu­cio­nal de decirlo expre­sa­mente y moti­var ese cam­bio. La moti­va­ción no solo legi­tima el resul­tado de una sen­ten­cia; tam­bién legi­tima el cam­bio de la pro­pia juris­pru­den­cia.

El dilema tam­bién inter­pela a sis­te­mas como el ecua­to­riano, donde la tutela efec­tiva de los dere­chos debe armo­ni­zarse con el res­peto a las com­pe­ten­cias de la juris­dic­ción ordi­na­ria.

La fuerza de un TC no depende solo de la jus­ti­cia de sus deci­sio­nes, sino tam­bién de la cali­dad de las razo­nes con las que jus­ti­fica apar­tarse de sus pro­pios pre­ce­den­tes.