Opinión

CUANDO AMAR TAMBIÉN SIGNIFICA CUIDAR

María Elena Gómez de Reshuan/Guayaquil

 

 

Hay momentos en la vida en los que el amor deja de ser solamente compañía, risas, proyectos y sueños compartidos.

Hay momentos en los que amar significa cuidar.

Estar cuando el otro ya no puede estar como antes. Acompañar una enfermedad, aceptar cambios que jamás se imaginaron, repetir una respuesta una y otra vez, esperar resultados médicos, pasar noches en vela y aprender a convivir con una incertidumbre que nadie escogió.

Y entonces aparecen las preguntas:

¿Por qué Dios permite esto?
¿Es necesario sufrir tanto?
¿Hasta dónde llegan nuestras fuerzas?
¿Acaso el sufrimiento tiene algún propósito?

No siempre existen respuestas.

Y quizás no todo sufrimiento tenga que ser entendido como un castigo, una prueba o una lección que Dios nos impone.

Hay cosas que simplemente forman parte de la condición humana.

La vida tiene comienzos, etapas, transformaciones, enfermedades, pérdidas y despedidas. Es imparable. Y algún día, inevitablemente, llega el momento en que todo se detiene.

Pero mientras ese día llega, existe algo extraordinario que sí podemos hacer:

amar.

Amar cuando es fácil y también cuando resulta agotador.

Amar cuando hay salud y cuando aparece la enfermedad.

Amar cuando el futuro parece claro y también cuando solo podemos avanzar un día a la vez.

Porque aquel compromiso de estar juntos “en las buenas y en las malas, en la pobreza y en la riqueza, en la salud y en la enfermedad” no significa que tengamos que ser fuertes permanentemente.

Significa permanecer.

Pero permanecer no quiere decir olvidarse de uno mismo.

Quien cuida también necesita ser cuidado.

Quien acompaña también necesita compañía.

Quien sostiene también tiene derecho a descansar.

Y quien llora no está siendo débil.

Está siendo humano.

Tal vez la fe no consista siempre en comprender por qué suceden las cosas.

Tal vez, algunas veces, la fe simplemente consiste en decir:

“Señor, no entiendo lo que está pasando, pero acompáñanos.”

Acompaña al que está enfermo.

Acompaña al que cuida.

Dale serenidad a quien tiene miedo.

Dale descanso a quien está agotado.

Y cuando las fuerzas parezcan desaparecer, recuérdale que pedir ayuda también es una forma de fortaleza.

Porque nadie sabe cuánto tiempo durará cada etapa.

Lo único que tenemos verdaderamente es este momento.

Este día.

Esta oportunidad de tomar una mano, decir una palabra de amor, dar un abrazo, agradecer una sonrisa o simplemente permanecer en silencio junto a quien amamos.

Y cuando llegue el momento inevitable de la despedida, que no quede la sensación de haber amado poco.

Que quede la tranquilidad de haber estado.

De haber acompañado.

De haber hecho lo posible.

De haber amado hasta donde alcanzaron las fuerzas.

Porque la vida es imparable y algún día llega la quietud absoluta.

Pero mientras haya vida…

que nunca nos falte amor.

Y mientras haya amor…

que nunca nos falte Dios.