Tecnociencia

Copos de maíz y pseudociencia pop

Andy Warhol, en su intento de mercantilizar la cultura, sorprendió al mundo mostrando una lata de sopa como obra de arte. A partir de aquel momento, el valor estético sería una nueva propiedad de la mercancía.

Con esto, la lógica mercantil alcanza un nuevo nivel, siendo así que los artículos más cotidianos, aquellos que forman parte del imaginario popular, quedan elevados a la categoría de obras de arte. Las cajas de esponjas Brillo, el ketchup de la marca Heinz o las latas de sopa Campbell son ejemplos de lo que sucede cuando la mercancía se convierte en expresión artística. Las cajas de copos de maíz de Kellogg´s correrán la misma suerte, pasando a ser otro de los prototipos warholianos. De ellas toca hablar hoy o -mejor dicho- de su contenido y de su inventor, un médico de Michigan con perilla y bigote que siempre vestía de blanco y que respondía al nombre de John Harvey Kellogg.

Cuando era un veinteañero recién licenciado en medicina, en uno de sus viajes por Europa, el doctor John Harvey Kellogg descubrió las virtudes del yogur. La longevidad de los campesinos búlgaros lo llevó a prestar atención a la fermentación bacteriana de la leche y, por consiguiente, a todo lo relativo a la salud intestinal. Para el doctor Harvey Kellogg, el vigor era una cuestión de “cañerías”. Descubrió que mantenerse en un estado óptimo era asunto de dos factores.

El primero de ellos tenía que ver con la alimentación y el segundo factor estaba en relación con la abstinencia sexual, ya que, para el doctor Harvey Kellogg, la energía del cuerpo se desperdiciaba en actos impuros. Con tales parámetros, el doctor Harvey Kellogg patentó sus famosos copos de maíz Corn Flakes en el año 1895. El preparado de los citados copos fue descubierto por casualidad, o como se llame eso, al cocer los granos de maíz y luego hornearlos tras convertirlos en papilla. Según él, la dieta blanca de su receta no sólo ayudaba a la digestión, sino que aplacaba la libido y, con ello, la fea costumbre masturbatoria. Condicionado por la fe religiosa, el doctor Harvey Kellogg convertiría la ciencia en un dogma mercantil utilizando el viejo truco de engañarse a sí mismo y, de esta manera, anestesiar la razón.

EP