Opinión

CON SABOR A MORALEJA ROMA

Bridget Gibbs Andrade

adonairey@hotmail.com

Esta película ganó el premio más importante en el Festival Internacional de Cine de Venecia: el León de Oro. Uno de los más prestigiosos galardones dentro de la industria cinematográfica a nivel mundial. Adicionalmente, obtuvo seis nominaciones para los premios de la edición 16 de la International Cinephile Society (ICS) y diez nominaciones a los premios Oscar que otorga la Academia de Hollywood. Unánimemente, la crítica internacional se ha sacado el sombrero ante la última producción del mexicano Cuarón, y los más notables diarios norteamericanos se han referido a este film con un lenguaje grandilocuente.

Esta cinta alude a la mirada nostálgica de Cuarón en su niñez; un recuerdo emotivo de un capítulo de su vida que revive desde su memoria. Es la historia de una familia de clase media de los años 70 en la ciudad de México, que vive con una abuela cuya estatura y aspecto desentona con los demás miembros de la familia y con una sirvienta incondicional, a la que quieren mucho y sin embargo le cargan de trabajo. Los patrones son generosos y los niños le tienen mucho cariño. Su novio la embaraza y le abandona, luego pierde al bebé y la llevan de paseo a las playas de Veracruz. Fin de la historia…

¿En dónde está la genialidad y lo extraordinario de este film? A parte de las dos horas soporíferas sin un guion establecido y con varias tomas de excremento de perro, está basada en un tema recurrente tanto en el cine como en la televisión mexicana: la mujer joven y humilde a la que dejan embarazada y luego es abandonada.

Pese a los elogios y menciones recibidas, no ha logrado contagiar a la mayor parte de la audiencia que dice sentirse ignorante al aburrirse por no haber entendido la película.

¿Por qué esta “obra maestra” ha entusiasmado a los críticos de cine y ha dejado indiferente a la mayoría de espectadores? La apreciación más presente entre sus detractores es la falta de conexión emocional. Para calificar a una película como “buena” esta debe causar por lo menos una emoción leve; por ello  el interés y la empatía del público hacia los personajes, no sucede.  Algo similar a lo que ocurre en las exposiciones de arte contemporáneo: no se capta el mensaje de las obras expuestas porque simplemente no existe tal mensaje.

A pesar de haber leído varias opiniones en contra, decidí mirarla. Confieso que a los veinte minutos me asaltó el sueño y la apatía. Si se animan a verla, estimados lectores, les deseo mejor suerte que la mía…