Opinión

CON SABOR A MORALEJA: EL TREN DE BOLTAIRE

Bridget Gibbs

adonairey@hotmail.com

 

Muy temprano, al canto del primer gallo, una caterva se despertaba. Mientras unos se desperezaban en las literas, otros se enfilaban a los baños a “coger puesto” para estar listos cuando llegase el tren. Ese tren en el que Boltaire prometió llevarles a pasear si todos se portaban bien -si mi exprofesora de gramática leyera que no escribí Voltaire con uve, me jalaría la oreja-.

En la cocina servían café humeante, tigrillo y bolones. “¿Y los sánduches?”, preguntaban los más hambrientos. Después de dejar todo listo y tendido, escucharon el primer silbido de la locomotora. José y Paúl -los más pequeños- saltaban y gritaban como “Tattoo” en la Isla de la Fantasía: “¡El tren, el tren!” Boltaire, asomándose a una de las ventanas del primer vagón, agitaba ambas manos animadamente. Con entusiasmo y a empujones la pandilla se alineó en una fila. Normita “la recaudadora” quiso aprovecharse de la situación cobrando por los puestos, no le resultó. Al verla, Alejandra se apretó el cinturón y le apartó: “Aquí la que entrega puestos soy yo, es más”, le aleccionaba, “toda mi familia ya está bien ubicada”.

De un salto se treparon al tren y, a codazos y jalones, se instalaron en los asientos. Juan Sebastián -al que no se le mueve ni un pelo- procuraba mantener todo bajo control para no molestar al jefe. Una vez acomodados dio la orden para emprender el viaje. Rugió la locomotora y se alejaron de Daule, en donde las lágrimas de la alcaldesa de Durán suplieron la falta de agua… lloraba a mares. Pasaron Nobol y llegando a Guayaquil, se detuvieron para que aborde don Jaime y su nueva orquesta: PSC-AP. Mientras se acercaban a Posorja, disimuladamente, algunos pasajeros le pidieron a Boltaire que descargue el vagón de carga -el que llevaba un rezago de borregos-. Se hizo el sordo…

Siguiendo la ruta trazada hicieron un alto en Montañita, en donde el apasionado por los ponys se pegó una fumadita. Acercándose a San Lorenzo, gritaron: “¡Que se bajen los mensos!” Desde el último vagón se dieron por aludidos las Marcelas, los Virgilios, Soledades y respondieron: “No queremos, no nos bajaremos”.
Arribando en Manta, su destino final, la pandilla “ladraba de hambre”; María Paula ordenó que repartieran tarrinas con comida “humanitaria” preparada por las “visitadoras”.

Si el precursor del tren se propusiera recuperar el dinero robado por la corrupción, no tendría que endeudar más al país para financiar este sistema de transporte, que, planificado y manejado por gente capacitada y honesta, ayudaría al desarrollo turístico, comercial y agrícola del país.

 

 

Ojalá no se haga el sordo…

 

 

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