Opinión

CON SABOR A MORALEJA

Bridget Gibbs Andrade/ Cuenca

 

NO TENGO DONDE VIVIR

Hace poco más de un mes, las cárceles del sandinismo abrieron sus mazmorras para desterrar a 222 presos políticos. Desconcertados por la sorpresiva excarcelación y mientras volaban a Washington, fueron expoliados de su nacionalidad, aterrizando apátridas. Lo más insultante de los dictadores izquierdistas es que emanan un aire de superioridad moral. Sin embargo, hacen lo mismo que una dictadura de derecha: matan, torturan y persiguen en nombre de las revoluciones que habitan en su imaginario estulto. Desde los tiempos de Lenín los revolucionarios han tenido un trato despiadado y brutal con sus excamaradas que se jugaron el pellejo junto a ellos.

Un Ortega demente añadió a otras 94 personas a la lista, incluyendo a escritores como Gioconda Belli, al obispo Silvio Báez, periodistas y excomandantes sandinistas todos acusados de traición a la patria. Durante la dictadura de Somoza, Gioconda fue hostigada exiliándose en México y Costa Rica. Pero cuando triunfó la Revolución Sandinista en 1979 regresó a Nicaragua donde ejerció varios cargos en el nuevo gobierno hasta su renuncia, en 1994, al perder sus funciones dentro del partido por discrepancias con el proceder de Ortega al interior del mismo. Consideraba que era despótico y que se desviaba del ideal principal.

Volviendo al título de este artículo les invito a alojarse bajo la piel de una exiliada, lejos de los afectos que entretejió con hilos etéreos, y consientan en que este extracto del poema de Belli, el que escribió en el destierro, acaricie lo más recóndito de su ser. Como lo hizo conmigo.

“No tengo donde vivir… allá quedan mis libros. Mi casa, el jardín, sus colibríes. Las palmeras enormes, las apodadas Bismarck por su aspecto imponente. No tengo donde vivir. Escogí las palabras. Hablar por los que callan… Se cerraron las puertas. Dejé los muebles blancos, la terraza donde bailan volcanes a lo lejos. El lago con su piel fosforescente… Me fui con las palabras bajo el brazo. Ellas son mi delito, mi pecado. Ni Dios me haría tragármelas de nuevo. Allí quedan mis perros Macondo y Caramelo. Sus perfiles tan dulces… Mi cama con el mosquitero, ese lugar donde cerrar los ojos e imaginar que el mundo cambia y obedece a mis deseos… Queda mi ropa yerta en el ropero… El sofá donde escribo… Me fui con mis palabras a la calle… Soy libre, aunque no tenga nada”.