Opinión

Cómo Estados Unidos juega a la «diplomacia de las etiquetas»

BEIJING, (Xinhua) — Desde «tierra prometida» y «ciudad sobre una colina» hasta «faro de la democracia» y «defensor de los derechos humanos», el Tío Sam ha estado creando hábilmente hermosas etiquetas para sí mismo que evocan una imagen de un país noble y glorioso lleno de oportunidades.

Pero las etiquetas que Estados Unidos ha creado para sus rivales y enemigos son justo las contrarias: estados renegados, eje del mal, régimen autoritario… La lista sigue y sigue. Estados Unidos se ha convertido literalmente en una «fábrica de etiquetas», utilizando su poder mediático para definirse a sí mismo y a los demás a voluntad.

No hay que equivocarse. Es extremadamente fácil para Estados Unidos crear etiquetas sin ninguna prueba contundente o responsabilidad moral para demostrar que las etiquetas son adecuadas. Todo lo que necesita es una acusación inventada para ofuscar a la opinión pública, aplastar a sus competidores y engatusar a sus seguidores para que estén a su entera disposición.

Por lo tanto, es bastante comprensible que nunca se etiquete como «autocracia» a los aliados de EE. UU., aunque algunos de ellos podrían encajar bien con este título. Además, la etiqueta de «cabeza de puente de la democracia» conferida a aliados como Japón y Corea del Sur, nunca se aplicará al Hamas elegido democráticamente.

El hecho es que este embaucador profesional no se preocupa en absoluto por la verdad. Las etiquetas fabricadas en EE. UU. no son más que mentiras y rumores generados deliberadamente, impulsados solo por cálculos geopolíticos para servir a sus propios intereses.

Actualmente, el juego de «etiquetar y culpar» se ha convertido en parte de la estrategia de Estados Unidos para atacar a su autodenominado «archirrival» China. «Diplomacia del lobo guerrero», «trabajos forzados», «diplomacia coercitiva», «trampa de la deuda» y muchas más etiquetas han sido inventadas por Estados Unidos para desacreditar a China. Esas etiquetas se han convertido en excusas perfectas para que Washington adopte proyectos de ley y sanciones relevantes, o reúna a sus aliados y socios contra China.

Los comentarios de algunos políticos estadounidenses han expuesto la verdadera intención detrás de la reciente campaña de la «diplomacia de las etiquetas» de Washington. Lawrence Wilkerson, un ex alto funcionario estadounidense, declaró en 2018 que Estados Unidos «quiere desestabilizar a China y que la mejor manera de hacerlo sería fomentar el malestar y unirse a los uygures contra los chinos han en Beijing, desde el interior mejor que desde el exterior». Así surgió la narrativa de los «trabajos forzados» sobre Xinjiang.

Las etiquetas de «diplomacia del lobo guerrero» y «diplomacia coercitiva» aplicadas a China son otras cortinas de humo del astuto juego político de Estados Unidos y nuevas versiones de la narrativa de la «amenaza de China».

La historia y la realidad muestran que muchas de las etiquetas fabricadas en EE. UU. para otros países son más adecuadas para el propio fabricante de etiquetas.

Es Estados Unidos quien cometió genocidio contra millones de nativos americanos que fueron masacrados, expulsados, asimilados y discriminados durante siglos.

William Patterson, líder del Congreso de Derechos Civiles de EE. UU., en la petición titulada «Acusamos de Genocidio» presentada ante la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1951, argumentó que los crímenes cometidos por el Gobierno de EE. UU. contra el pueblo negro en el país norteamericano constituyen crímenes de genocidio según la Convención de las Naciones Unidas para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio.

También es Estados Unidos quien ejerció una «diplomacia coercitiva» contra Cuba, Laos, Irán y la República Popular Democrática de Corea a través de sanciones y embargos, así como contra empresas como a Alstom, Toshiba y Huawei a través del secuestro y la coerción.

La historia estadounidense es un libro de texto lleno de historias sobre cómo el país inventó excusas para acabar con sus objetivos.

Ahora los políticos estadounidenses todavía están ocupados inventando etiquetas para la próxima víctima. Simplemente no se han dado cuenta de que cada vez que juegan con la «diplomacia de las etiquetas» se abofetean a sí mismos y ofrecen una nueva prueba de la hipocresía de EE. UU., su naturaleza de doble rasero y su falta de credibilidad.

 

 

Xinhua (xinhua-news.com)