Opinión

CNEL, corrup­ción estruc­tu­ral.

Dr Jorge G. Alvear Macías/Guayaquil.

 

El caso CNEL no debe leerse como un ope­ra­tivo poli­cial espec­ta­cu­lar ni como una jugada polí­tica de alto impacto mediá­tico. Si lo reve­lado por Fis­ca­lía y el Gobierno se con­firma judi­cial­mente, el país esta­ría frente a algo más grave: aden­tro de una empresa pública estra­té­gica operó una estruc­tura que mani­puló sis­te­mas de fac­tu­ra­ción, para alte­rar deu­das y gene­rarle per­jui­cios millo­na­rios.

Lo inquie­tante no es solo el monto del per­jui­cio. Es que el Estado haya con­vi­vido con redes delin­cuen­cia­les en una de sus ins­ti­tu­cio­nes, capa­ces de con­ver­tir­las en pla­ta­for­mas de atraco. Según fuente ofi­cial, la inves­ti­ga­ción detectó fun­cio­na­rios con suel­dos cer­ca­nos a $ 1.000 men­sua­les que, sin embargo, tenían patri­mo­nios millo­na­rios.

Y CNEL no apa­rece de la nada. Antes estu­vie­ron Petroe­cua­dor y la ANT. Tam­bién las repe­ti­das denun­cias sobre con­tra­ta­ción pública, IESS, gobier­nos sec­cio­na­les, mafias judi­cia­les y ope­ra­do­res enquis­ta­dos en el apa­rato esta­tal. No se trata de afir­mar que todo el Estado esté corrom­pido. Pero sí de admi­tir que los patro­nes repe­ti­dos ya no son hechos ais­la­dos.

El caso CNEL es una ver­dad incó­moda: el cri­men orga­ni­zado tam­bién infil­tra sis­te­mas admi­nis­tra­ti­vos, con­tra­ta­ción pública y cir­cui­tos buro­crá­ti­cos de donde obtiene dinero, pro­tec­ción e impu­ni­dad.

Merece aten­ción otro ele­mento: detrás de inves­ti­ga­cio­nes como la comen­tada suele haber alguien que rom­pió el silen­cio. En este caso apa­re­ció un dela­tor refe­rido públi­ca­mente como “Pablo”. Lo rele­vante es el sím­bolo que repre­senta “Pablo”. Nin­guna estruc­tura mafiosa enquis­tada durante años puede des­mon­tarse
úni­ca­mente desde afuera; casi siem­pre requiere que alguien desde den­tro decida hablar.

Ecua­dor nece­sita más “Pablos” en empre­sas públi­cas, muni­ci­pios, hos­pi­ta­les, enti­da­des de con­trol y hasta en la pro­pia Fun­ción Judi­cial. Pero para que apa­rez­can, el Estado debe ofre­cer­les pro­tec­ción, reserva y con­fianza de que denun­ciar no sig­ni­fi­cará per­se­cu­ción o des­gra­cia per­so­nal.

Pero se nece­sita más. Un meca­nismo simi­lar a la Cicig, orga­nismo autó­nomo, con recur­sos eco­nó­mi­cos pro­pios, inves­ti­ga­do­res, ana­lis­tas finan­cie­ros y exper­tos inter­na­cio­na­les espe­cia­li­za­dos para enfren­tar redes incrus­ta­das en ins­ti­tu­cio­nes públi­cas. No el pequeño grupo de ase­so­res extran­je­ros que tuvi­mos en el 2019 con Lenín Moreno, depen­dien­tes del Eje­cu­tivo, sin auto­no­mía, sin dinero ni estruc­tura inves­ti­ga­tiva y sin la infraes­truc­tura nece­sa­ria para enfren­tar redes com­ple­jas.

De tal manera, que, si se con­fir­man las redes de corrup­ción en CNEL, sos­te­ni­das en más de una década, el país ten­dría que acep­tar que la depu­ra­ción ins­ti­tu­cio­nal ya no puede depen­der úni­ca­mente de nues­tros esfuer­zos dis­per­sos ni de ope­ra­ti­vos epi­só­di­cos.

Es loa­ble que el pre­si­dente Noboa haya asu­mido el costo polí­tico de con­fron­tar estas estruc­tu­ras. Pero la mag­ni­tud del desa­fío requiere de un paso más ins­ti­tu­cio­nal: impul­sar una Cicie, una Comi­sión Inter­na­cio­nal con­tra la Corrup­ción y la Impu­ni­dad en el Ecua­dor, res­pal­dada por la ONU, con auto­no­mía ope­ra­tiva y capa­ci­dad téc­nica real.

No para sus­ti­tuir al Estado ecua­to­riano, sino para ayu­dar a res­ca­tarlo de redes que, si las sos­pe­chas actua­les se con­fir­man, lle­van dema­siado tiempo ope­rando desde den­tro.