Opinión

CINCO MINUTOS DE LUZ.

Por: Lucy Angélica García/ Portoviejo.

lucygarciachica@hotmail.com

 

Un cuento a la mitad de la tarde

Había una vez en un lejano pueblo rodeado de aldeas, un buen hombre a quien le gustaba filosofar sobre la vida y sus contrastes y escribía historias de profundo contenido. Aquel hombre era querido por todos los aldeanos y en las tardes de sábado le gustaba ir a la placita del pueblo a declamar poemas urbanos. Todos se sentaban alrededor de él, y al escucharlo con tanta atención, se sumergían en un submundo de placidez absoluta. Unos reían y otros lloraban de emoción con cada historia pues de alguna manera eran fragmentos de sus propias vidas.

El buen hombre sentía una enorme satisfacción llevando a aquellos seres puros en esencia, un mensaje que de alguna manera tenía resonancia en cada uno de ellos al escucharlo. Y es que todos los seres humanos tenemos nuestra propia historia, nuestro propio dolor, nuestro propio anhelo, todos llevamos a cuestas un costal de sueños que quisiéramos hacer realidad.

Cuántos de nosotros muchas veces hemos creado nuestra propia narrativa interna no contada, no vivida. Y es preciso llegado el momento tomar la decisión y dar ese salto cuántico desde el ensueño a la realidad, entender que lo más gratificante es abrir brechas de esperanzas a otros que pueden estar en una oscuridad más densa que la nuestra, a aquellos que viven sin haber encontrado un sentido a su vida. Cuántas personas viven en la inercia, viviendo por vivir, en aislamiento discorde con la realidad del entorno, ajeno a este mundo, como un árbol plantado en lo más obscuro del bosque, rodeado solo de sombras.

Es gratificante aprender a descifrar los mensajes del cosmos, pero mas aún, entender la profundidad del aprendizaje en cada evento de la vida cotidiana, salir del nivel primario de conciencia y hacernos responsables de nuestra tarea de evolucionar a niveles superiores, donde somos más que un cuerpo físico, donde podemos alquimizar el dolor y transformarlo en Luz para compartir con los demás, conscientes de que cada rayito de esa luz se convertirá al final, en una gran antorcha en nuestros propios laberintos.

Un día inesperado el buen hombre decide partir de ese lugar, todos los residentes y aldeanos lo despiden con tristeza y a la vez con profunda gratitud, pues había sido maravilloso haberlo tenido con ellos durante ese tiempo, pues el aprendizaje había sido profundamente valioso.

Desde ese día en adelante reunidos todos se hicieron la promesa de recordar cada historia e irla dejando de manera oral a sus futuras generaciones. Han pasado los años y concluyeron que no es necesario tanto discurso en los templos, si no se tiene un verdadero interés en escuchar, aprender y repetir la historia para no olvidarla. Los templos deben ser construidos en cada corazón, la voz de la conciencia debe ser la voz de Dios mismo en cada vida, de generación en generación, como lo fue desde el principio.

Se ha perdido tanto tiempo en pregonar leyes que no se cumplen, mandamientos que no se hacen en la práctica, se han dejado de lado los verdaderos fundamentos que deben regir la vida de cada ser humano, hace falta humildad de espíritu, pureza en la mente del hombre para alcanzar un alto nivel de conciencia espiritual desde donde mirar el mundo

La autora es docente, poeta, y columnista internacional.