Opinión

Charlie Parker, el Mozart del jazz

Mateo Sancho Cardiel

Tan solo 34 años de vida bastaron para que Charlie Parker, apodado “Bird”, volara alto y se convirtiera en uno de los mayores maestros del jazz, una trayectoria truncada por el alcohol y la heroína que terminó hace 60 años en Nueva York.

Parker vivió rápida y peligrosamente. No fue el caso de estrella consumida por su propia fama, sino estrella cuyo talento se impuso pese a su tendencia prematura, casi desde la pubertad, a la autodestrucción.

Un genio que decidió posarse sobre una persona llena de debilidades, en un Mozart del siglo XX que cambió el clavicordio por el saxofón alto, que no consolidó la ópera en alemán sino que instauró el “bebop”.

Su nombre está junto con el de Louis Armstrong, Miles Davies o Duke Ellington en el olimpo del jazz, con la diferencia de que él vivió casi la mitad de años.

Su obra todavía resuena con vibrante vigencia y su vida inspiró a Clint Eastwood para su aclamada cinta “Bird”, donde fue interpretado por Forest Whitacker, a Julio Cortázar para su cuento “El perseguidor” y a Thomas Pynchon para un pasaje de su novela “El arco iris de gravedad”.

Tras su muerte, el 12 de marzo de 1955, dos mujeres reivindicaban su viudedad en el entierro: Doris Sydnor, su tercera esposa, y Chan Richardson, con la que nunca se casó oficialmente pero que todo el mundo consideraba su pareja. Las dos trabajaban en el guardarropa de un club nocturno.

¿Qué hizo de él un personaje tan fascinante? Parker había nacido en Kansas City el 29 de agosto de 1920. Era, como suele decirse, el lugar adecuado en el momento adecuado, justo para asistir a la explosión musical de la ciudad, donde, entre el gospel, el blues y el jazz.

A los 11 años, su madre le regaló, haciendo un esfuerzo económico, un saxofón alto para animarle después de que su padre abandonara el hogar y, aunque él siempre había querido tocar la tuba, acabó convirtiéndose en el maestro de este nuevo instrumento.

Eso sí, a esa misma edad ya estaba fumando marihuana y a los 15 se casó y por primera vez empezó a consumir heroína. El matrimonio le duró poco, pero la adicción toda la vida.

Ya destacó en Kansas y para cuando llegó a Nueva York en 1939, aunque empezó fregando platos en un restaurante, estaba llamado a iluminar Harlem.

Junto con Dizzy Gillespie, Parker alumbró ese género mucho más sincopado e improvisado que dio el relevo al encorsetado swing. Había llegado el momento de romper las reglas. Había llegado el momento del “bebop”.

Ese género resumía su vida: un caos que era reconducido hacia la belleza. Comenzaron sus grandes conciertos, como las célebres “Dial Sessions” y sus grandes composiciones: “Yardbird Suite”, “Ornithology” o “Bird of Paradise”, que acabaron ganándole su merecido apodo.

Pero Parker era un ave de paso. El reverso oscuro de su éxito pasaba por las clínicas de desintoxicación, por habitaciones de hotel quemadas en plena borrachera y por una ruina económica que le asestó el golpe final cuando su hija Pree murió por una fibrosis quística cuyo tratamiento no pudo sufragar.

Dos anécdotas resumen su grandeza y su miseria. Una es cómo de su ingreso de seis meses en la clínica de desintoxicación Camarillo State Hospital, en California, después de estar diez días en la cárcel, nació uno de sus grandes temas: “Relaxing at Camarillo”.

La otra, que el mismo club neoyorquino que lo homenajeó llamándose “Birdland”, en la calle 52 con Broadway, y que él mismo inauguró, tuvo que expulsarle del local por haber orinado en el palco completamente ebrio.

Charlie Parker murió en el Standhope Hotel de Nueva York. Cuando hicieron la autopsia el informe apuntó neumonía, úlcera y un avanzado estado de cirrosis, rematado todo ello con un ataque al corazón.

Y el médico forense, que no sabía que se trataba de la persona con cuya muerte abrían los periódicos de todo el mundo, describió ese cuerpo inerte como el de un hombre de unos cincuenta o sesenta años, muchos más de su edad real.

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