Opinión

De charlas y cafés (Cuadros Bogotanos I)

@valentinacocci4

valentinacoccia.elespectador@gmail.com

Diario El Espectador de Colombia

Las grandes ciudades son como cántaros repletos de misterio. En las calles, en las avenidas, en los asientos del transporte público, en los ventanales abiertos de casas y apartamentos, desfilan miles de rostros con historias anónimas que se quedan siempre sin contar.

La ciudad, a pesar de acumular habitantes en todos sus anaqueles, en sus barrios, en sus plazas y en sus grandes edificios, nos encubre cada vez más en lo incógnito y en lo clandestino, pues entre tantos rostros, entre tantas caras, a veces tan parecidas y a veces tan diferentes, hay miles de historias y experiencias  que se pierden en la marea del tumulto.

Además, en la gran metrópolis, que tantas veces ha sido capturada desde lo panorámico en videos y fotografías, residen también lugares casi invisibles pero llenos de belleza, atados de alguna manera misteriosa a las historias particulares de todas las personas anónimas que día a día habitan y traspasan los espacios de la ciudad.

Hace poco se me ocurrió la idea de comenzar una serie que hable sobre esas historias pequeñas y sobre esos espacios milagrosos de Bogotá, mi ciudad. Entre tanto ruido y tanto escándalo, entre el tráfico insoportable, los tumultos del Transmilenio y la prisa que se deshace en cada minuto que pasa, hay lugares y momentos, historias y personas que pueden pasar imperceptibles a los ojos, y que de alguna manera pueden devolvernos la esperanza en la vida, tantas veces opacada por el tiempo que se reduce y los quehaceres que aumentan.

Esta idea se me ocurrió un día que iba caminando por todo el paseo del Park Way. Iba sola, sin mucho que hacer, y decidí entrar a uno de mis cafés favoritos de toda la ciudad. El lugar, que parece la confortable sala de una casa, repleto de pequeños floreros, y del aroma de las galletas y los postres recién horneados, ofrece un plácido descanso del tráfico y del ruido, pero también es el lugar perfecto para contemplar historias, para mirar caras y para observar los nichos de privacidad y secreto entre tanta algarabía que hay en los lugares públicos.

Pedí mi té con un brownie de red velvet, y mientras el agua y el humo llenaban mi taza de aromas y perfumes, me senté a observar las historias de cada esquina de ese café. Sentada en la terraza una mujer mayor festejaba su cumpleaños con sus amigas, junto a una pared un universitario trabajaba en su computador, en la barra junto a la ventana había dos amigas que no paraban de reírse. Pero en la esquina del lugar, en un rincón oculto, una pareja llamó mi atención. Ella ponía las dos manos sobre su taza, imagino que tratando de calentarlas ante tanta tensión que había entre los dos. Miraba al fondo del envase, como si sus ojos buscaran depositarse en algún lugar: todo menos en los ojos de su acompañante. El chico se recostaba en la pared y su codo derecho estaba apoyado en la mesa. Se rascaba la frente con tensión mientras sus dedos tamborileaban junto a su vaso de jugo. De los ojos de ella salió un lagrimón espeso que caló hondo en la taza de café. Él tomó la mano de la muchacha y entre las suyas trató de darle calor. Acercó su silla a la de ella y le acariciaba la cara, tratando de limpiar las lágrimas de sus pómulos, que caían silenciosas, sin lloriqueos ni ansiedades. Después de mirarse a los ojos una última vez, la muchacha tomó su bolso y se levantó de la silla. Besó al joven en la frente y lo abrazó por última vez con los ojos cerrados. Sin mirar atrás salió por la puerta, a mezclarse de nuevo con los estruendos de la ciudad, mientras el chico quedó solo en la mesa, agarrándose la cabeza con ambas manos y tratando de recobrar la respiración.

Esa historia de amor, que de seguro terminaba o llegaba ya a sus últimos días, me inspiró para hacerle un homenaje a esos cafés que plagan la ciudad, donde ejecutivos y trabajadores se reúnen a planear estrategias, donde amigos se encuentran después de muchos años de distancia, o a donde las personas van para hacer una pausa en su día o para recobrar la inspiración y hacer fluir las ideas. Esos lugares, esos nichos de historias son también el asidero de las grandes y pequeñas historias de amor que pululan por toda la ciudad. Esas historias generalmente empiezan y terminan con un café.  

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