Opinión

Cervantes

Jorge Alania Vera

jorge.alania@gmail.com

 

 

 

 

Desde Lima, Perú, para LA NACIÓN de Guayaquil, Ecuador

 

 

 

 

En Lepanto y Argel trató infructuosamente de resolver una de las dudas esenciales de su destino. No quería ser sólo el guerrero que blande la espada sino el hombre que se prueba a sí mismo el valor y la fe; el mismo que en cierta plenitud o en cierto jubiloso azar puede borrar la distancia entre lo que se quiere ser y lo que en verdad se es.

Él lo hizo pero aun así no tuvo éxito en su colosal empresa, tal vez porque no haya nada que sea digno de fe o porque una duda esencial está siempre más allá de toda certidumbre. Disminuido físicamente, fracasado, triste y a una edad en la que se está ya de vuelta de las ilusiones y de las aventuras, tuvo la grandeza de expresar el sentimiento trágico de su vida. Y lo hizo con fidelidad, con humor, con gracia, con sabiduría, en una novela que no es sólo el paradigma de una lengua, sino de un carácter, de una manera de ver y sentir el mundo.

Como el destino fue duro con él, él fue manso con el destino y lo dejó pasar agotándolo en tareas tediosas y grises. En ese oscuro devenir que duró muchos años pero que sólo abarcó algunas latitudes, todas ellas cercanas a su ciudad natal, fue un descuidado comisario político y un mediocre recaudador de impuestos, de la misma forma que un poeta frustrado que se resigna a su suerte de narrador de truculentas historias.

Para reivindicar un sueño imposible, entremezcló la realidad y la ficción con tal rigor y sapiencia que hubo quienes, como Unamuno, reclamaron el rescate del sepulcro de su héroe, Don Quijote. Realidad y ficción unidas en un relato entrañable que las generaciones han transformado en un mito. Hace cuatrocientos años que se publicó su libro y desde entonces no hay un hispanohablante que no haya hecho suyos los molinos de viento, las ventas, el fiel escudero, el jamelgo rampante, la dulcísima dama del Toboso. No son una historia más, acaso emblemática. Son nuestra propia historia: realidad y ficción entremezcladas natural, sencilla e irremediablemente. Como la vida y la muerte.