Opinión

Cervantes: el Quijote de su vida

Jorge Alania Vera

Jorge.alania@gmail.com

Desde Lima, Perú, para LA NACIÓN de Guayaquil, Ecuador

 

Yo soy yo y mi circunstancia dijo el gran filósofo español José Ortega y Gasset. Y si no la salvo a ella, no me salvo yo, añadió. Cervantes fue Cervantes y su circunstancia fue su personaje, El Quijote de la Mancha. Y ambos se salvaron, puesto que ambos- uno en la realidad y el otro en la ficción- fueron maltratados por la vida, pero aun así nunca se quejaron ni la maldijeron, tal y como en alguno de sus textos lo señaló el filósofo Nietzche.

Muy poco es lo que sabemos de la existencia de Cervantes. Estuvo en Italia y en Argel. Tuvo una hija con una humilde mujer de su comarca. Después se casó y se separó al año. Fue a la cárcel por estafa. Cuando se retrató en uno de sus prólogos, señaló que era blanco y desdentado.  Tal vez se hirió en un brazo en alguna batalla. Nada más.

Sin embargo, entre él y su personaje, hay una complicidad vital que conmueve y enaltece. Pisaron los mismos caminos y se embriagaron en las mismas tabernas. Se ilusionaron con un amor y por ese amor casi enloquecieron. Pese a sus peripecias y desventuras, no se quejaron con nadie ni de nada. Vivieron su circunstancia con dignidad y a la hora del dolor y de la prueba actuaron como un famoso predicador de Galilea.

Cervantes y El Quijote estaban lo suficientemente cuerdos como para entender y hacerse un modesto lugar en las ciudades que habitaron, y lo suficientemente locos como para entender que ese lugar era el de sus vidas y que aún con todas sus precariedades, allí podían ser felices.

No tuvieron suerte con las mujeres que es una manera de decir que el amor les quedaba lejos. Ellos aspiraban a la locura de la entrega total que sólo concluye con la inmolación de sí mismos. Por esa fijación enfermiza de sus espíritus, vivieron en soledad acompañados de sus fantasmas que a veces tenían la forma de pequeñas batallas y en otras, de molinos de viento.

 La crónica de la vida de Cervantes podía empezar con las palabras con las que empieza la crónica de la vida del Quijote: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.”

Uno frente al otro, pero cada cual en su dimensión desconocida.

Sobre el perfil psiquiátrico del Quijote- y el de su alter rego y creador, Miguel de Cervantes- se han hecho múltiples diagnósticos: trastorno bipolar, trastorno ezquizoafectivo, mitomanía histérica, parafernia fantástica, psicosis pasional, trastorno delirante, paranoia crónica y hasta demencia de los cuerpos de Lewis. Tengo para mí que solamente era un loco que hacía cosas cuerdas o un cuerdo que hacía cosas locas. Cervantes les responde a todos: “De ese modo no es cordura/ querer curar la pasión/ cuando los remedios son/ muerte, mudanza y locura”.