Opinión

Cátedra de paz y la revolución de los valores

Héctor Pineda S.

tikopineda@gmail.com

Diario El Tiempo de Colombia

La vida, despreocupada, andaba descalza construyendo utopías. Jornadas de charlas interminables imaginando el mundo sin groseros privilegios, con el disfrute de los derechos esenciales al alcance de todos, soñando en la sociedad donde los niños nacieran con el derecho a vivir toda la vida y los abuelos murieran longevos y sabios, como patriarcas bíblicos.

Las aulas universitarias, pintorreteadas con los símbolos de las rebeldías, de día y de noche, acogían a los febriles ‘Círculos de Estudios’, aprendiendo en el repaso de los textos de prosa pesada (“ladrillos”, decían) cada uno de los vericuetos por donde debía transitar la nueva sociedad. Fue la ‘escuela informal’ de preparación para la labor de la conducción, sin extravíos, del proceso revolucionario. Los capítulos de los textos de Gramsci abrían las entendederas. Entonces, sin miedos, nos atrevimos a explorar en la maravillosa aventura de prefigurar los lineamientos del modelo de ‘Escuela Nacional Laica y Única’. La esencia, en un sano laicismo, estaría destinada a la formación de los ciudadanos en el manejo de las claves de los asuntos públicos y de culto al conocimiento, a los saberes científicos y técnicos, al servicio del bien común. Escuela de Gobierno, decíamos.

Las recordaciones juveniles, años después, regresarían con el mismo ímpetu durante el debate en la Asamblea Nacional Constituyente, hace un cuarto de siglo, con respecto de la pedagogía constitucional, la cual quedó establecida como deber de la enseñanza de la Constitución y la práctica de los mecanismos democráticos en la escuela. La clave, así pensada, consistió en hacer de la escuela el laboratorio para hacer efectiva la instaurada democracia participativa. Los protagonistas: la comunidad escolar, los jóvenes.

Llegaron, posteriormente, los desarrollos legales. En las leyes superiores sobre educación, siguiendo la tradición del “culto normativo”, se ha plasmado el asunto envuelto en lo que se ha denominado ‘Gobierno Escolar’ y prácticas como la elección de personeros escolares y otras figuras de réplicas de instancias estatales verdaderas. Son las escenificaciones de aprendizajes donde a veces, hay que reconocerlo, se pierde la esencia de aprender a mandar, a tomar decisiones. Adicionalmente, en otras normas e iniciativas locales también encontramos múltiples paradigmas mediante los cuales se implementan acciones afirmativas para materializar el reconocimiento constitucional de nuestra diversidad y pluriculturalidad. En este contexto, de un tiempo para acá, se han expedido leyes encaminadas a incorporar en los programas educativos la llamada ‘Cátedra de la paz’. Está escrito en la Ley 1732 de 2014 y el Decreto 1038 de 2015 que reglamenta su aplicación.

Todo el rollo sobre “educación para la paz”, por estos días, se me viene a la memoria con la lectura de la letra del proyecto de Acuerdo sobre ‘Cátedra de la Paz para Bogotá’, iniciativa presentada a la Comisión Accidental de Paz y Postconflicto del Concejo de Bogotá por el Concejal Emel Rojas, en la cual nos dice, palabras más palabras menos, que la Cátedra estará encaminada a la construcción de una cultura de paz, que deberá desarrollar, por lo menos, dos temas de la docena temática (menú de valores) del decreto reglamentario. Faculta, para la implementación, a la Secretaría de Educación Distrital.

El final de la guerra con las Farc y el reciente anuncio de inicio del proceso con el Eln son argumentos suficientes para echar a andar la iniciativa pedagógica. Ojalá, como lo pensó el asesinado constituyente Álvaro Gómez Hurtado, el posconflicto sirva para desatar la rebeldía de las multitudes pacíficas movilizadas por el sueño de una sociedad fundada en la revolución de los valores, preámbulo insoslayable para tumbar el régimen.

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