Opinión

Casos como el de Djokovic refuerzan el discurso antivacunas

Luis Antonio Espino es consultor en comunicación en México y autor del libro ‘López Obrador: el poder del discurso populista’.

El 16 de enero al famoso tenista Novak Djokovic se le negó la participación en el Abierto de Australia y fue deportado de ese país por no estar vacunado contra el COVID-19 sin tener justificación médica para ello. El caso desató una polémica enorme y aún lo sigue haciendo: esta semana se anunció que Djokovic podría defender su título en el Abierto de Francia bajo una nueva normativa de ese gobierno, incluso si no está vacunado para mayo.

Se ha señalado, por un lado, que las autoridades australianas se excedieron en sus atribuciones y, por el otro, que la deportación del tenista servirá como lección para quienes siguen resistiéndose a la vacuna. La realidad es que el caso hará poco por mover la percepción de las personas con postura antivacuna. Lo más probable es que termine por reforzar sus ideas al respecto, especialmente en caso de que las autoridades francesas permitan que Djokovic juegue sin tener que vacunarse, generando con ello la impresión de que la vacuna no es, después de todo, indispensable.

En un siguiente nivel, se ha buscado inculcar en los escépticos el temor a enfermar, explicándoles las consecuencias negativas de no vacunarse. Los medios dan amplia difusión a casos de personas con postura antivacuna que enfermaron gravemente o fallecieron a causa del COVID-19. Esta estrategia puede servir para reforzar las ideas de quienes ya se vacunaron o están a punto de hacerlo, pero no sirve para cambiar la opinión de los escépticos más radicales, quienes consideran un acto de valor desafiar a la mayoría.

Además, este sector cree haber comprobado sus sospechas dado que la primera generación de vacunas no ha impedido la propagación de las nuevas variantes. Quienes tratan de convencerlos tienen que entrar a complejas explicaciones sobre la diferencia entre la protección del contagio y la protección contra enfermar gravemente o morir. Lamentablemente, para cuando la verdad se prepara para salir de casa, la mentira ya le dio dos vueltas al mundo.

Al mismo tiempo, esa frase estigmatiza a este grupo como si fueran los únicos transmisores de la enfermedad, cuando esta también se propaga a través de las personas vacunadas. Acusar a los no vacunados, de modo contraproducente, refuerza la idea de que las vacunas son la “bala de plata” que podrá poner punto final a la pandemia, cuando se necesitan más medidas —mascarillas, ventilación, sana distancia, antivirales nuevos— para lograr esa meta.

Además, siempre es posible que surjan nuevas variantes que escapen a la inmunidad de las vacunas. Por eso, no se puede afirmar con absoluta certeza que la pandemia se terminaría si todas las personas recibieran la versión actual de estos productos.

La deportación de Djokovic entra en esta clase de políticas de restricción y castigo a los no vacunados. Pero esto solo refuerza uno de los puntos centrales de su narrativa: hay intereses políticos y económicos unidos para coartar las libertades individuales. No es raro que el tenista sea visto ahora como un héroe del movimiento antivacunas.

Si queremos motivar a las personas escépticas a vacunarse, conviene recordar algunas reglas básicas de la comunicación. Primero, respetar a la audiencia, pues al no hacerlo se cierra de inmediato cualquier posibilidad de persuasión. Segundo, segmentar el mensaje y acercar a los emisores: hay que ir a lo local, a lo personal, y llevar el mensaje a favor de la vacunación por medio de personas en las que la gente confía como profesores, médicos y compañeros de trabajo. Tercero, no dar por hecho que las personas que se han puesto dos o tres dosis se pondrán la cuarta o la quinta sin dudar; es necesario diseñar mensajes positivos que refuercen su postura responsable. Cuarto, educar a los niños, pues tal vez sus padres ya no cambien de opinión pero ellos sí podrán hacerlo cuando sean adultos. Y, finalmente, apelar a las emociones positivas, pues no podemos esperar que, después de dos años de pandemia —y con el final todavía lejos— las personas seguiremos con el mismo nivel de atención y voluntad de seguir indicaciones que cuando todo empezó.

Finalmente, el caso Djokovic refleja la importancia de mejorar la comunicación sobre las vacunas para que la gente enfoque su atención en las figuras públicas que ponen de su parte para cuidar la salud colectiva, y no en aquellas que se sienten —por la razón que sea— por encima de las reglas.

The Washington Post