Opinión

Carlos se quedó del avión

María Cristina Menéndez Neale

Cristimenendez85@gmail.com

@CristiMenendezN

Carlos se ha quedado del avión. Su vuelo salía a las nueve de la noche hacia París, donde hacía conexión para volar a su casa, pero no hay vuelos más tarde y el vuelo del día siguiente ya está lleno. Carlos está en una lista de espera la cual no le garantiza nada. Esta noche, Carlos no tiene cómo salir de Niza. Tampoco tiene cómo salir del aeropuerto, al menos no en carro; los taxis están en huelga. ¿Cómo llegó al aeropuerto en primer lugar? Un taxista de Cannes, ciudad donde estaba Carlos, que queda a unos veinte minutos de Niza, se apiadó de él, pero no pudo llevarlo a tiempo ya que el resto de taxistas habían bloqueado las calles. La huelga fue tanto en Cannes como en Niza y en otras ciudades cerca.

Carlos empieza a caminar hacia la estación de trenes pero en el transcurso de su recorrido, mientras revisa su celular, para ir agilizando los horarios de salida y trayectos, el celular se le apaga. Carlos se siente cansado y piensa que mejor se va a buscar un hotel para descansar y cargar su computadora, la cual lleva guardada en su mochila; así con tranquilidad busca horarios de tren, y los horarios de vuelo los revisaría desde el lugar donde lo llevaría cualquier tren disponible. Aparte que mañana los taxis ya estarían tranquilos, y así, haría todo con más calma al día siguiente.

Carlos empieza a caminar hacia la ciudad. Se siente cansado, lleva hora y media cargando su mochila y rodando su maleta con ropa. Carlos no es el único; frente a él, hay varios turistas caminando con sus maletas, entre plásticos, papeles, basura y llantas ardiendo en fuego, que los taxistas dejaron en las calles. De alguna forma, Carlos empieza a verlo todo con calma y con cierta felicidad; para él, este ambiente de las personas caminando en lentitud con sus maletas en fila, con ojeras, es como estar en el fin del mundo con zombis. Y para Carlos no hay mayor anhelo que vivir alguna vez el fin del mundo, o tener un encuentro con algún zombi, personaje de sus películas favoritas.

Carlos sigue a la masa, la cual se dirige a varios hoteles y todos les dicen que no hay disponibilidad. Carlos decide separarse de ellos y toma otras calles al azar donde encuentra un par de hostales pero también están ocupados.

Después de un par de horas, Carlos llega a un hotel, donde una vez más le dicen que no tienen habitaciones disponibles; pero este lugar le ofrece un japonés que tiene una van y lo puede llevar a la estación de tren, pero antes le conseguiría una habitación en el hostal de un amigo, donde tendría que compartir con otras personas.

Carlos acepta la oferta y se trepa en la van del japonés, quien habla un inglés enredado y con acento muy marcado, pero igual se hace entender.

–Hola, mi nombre fue Sam. ¿Cuál será tu nombre?

–Carlos, mi nombre es Carlos.

El japonés, quien se llama Sam, le explica que primero lo va a llevar a la estación de tren para que tenga una idea de los horarios, aparte que ahí hay restaurantes que todavía están abiertos; para que coma ahí. Después lo llevaría a dar un paseo por la ciudad y después lo llevaría a dormir. A Carlos le gusta la idea de comer algo y pasear después, pero no sabe qué tanto puede conocer si ya es la una de la mañana; aun así, no le importa, por lo menos está descansando sus pies.

Carlos llega a la estación, y ve que todos los trayectos para París no están disponibles; todos los asientos vendidos. Luego al revisar los horarios para Barcelona y Madrid, es lo mismo. Por último, revisa la información para Frankfurt, y ve un tren con asientos disponibles, pero el domingo; dos días después. Carlos se dice a sí mismo que luego revisaría de nuevo los carteles, pues está con mucha hambre. Baja al primer piso, donde hay varios puestos de comida, y se compra un sánduche de pollo con un jugo de naranja. El japonés, Sam, está fuera de la estación esperándolo.

Carlos termina su cena, y sale a pasear con Sam. A las cinco de la mañana que abren las casetas de tickets se estresaría con los carteles y horarios de salida de los trenes. Ahora quiere relajarse y tratar de hacer algo positivo a su mala noche.

Sam se lo lleva a conocer el puerto, luego la catedral, luego un museo. Casi todo cerrado por supuesto porque es la una y cuarenta de la mañana. Y como todo está cerrado, y la ciudad es pequeña, el recorrido toma apenas una hora y media. Los últimos treinta minutos se aprovechan nomás para dar vueltas y ver los edificios y estatuas de la ciudad, hasta que Sam recibiera la confirmación de aquel dormitorio que Carlos compartiría con otros turistas.

–¿Qué lo parecerá al ciudad?

–Muy bonita, Sam. Me ha gustado mucho. ¿Qué cosas decías que tiene el museo de color rosado? El primero que me señalaste.

–Cosas del pasado. Cosas muy interesadas como pinturas de una pintor francia que se llama Henri Matisse. La museo llevaba su nombre.

–Qué ganas de haber podido entrar.

–Si tuviera sido mas temprano, le mostré la color del mar que aquí es de una azul eterno.

–¿Eterno? Ah, profundo…

–Sí, sí.

Los minutos empiezan a sumarse a la hora y media. Sam no recibe todavía la confirmación. Sam marca al número de su amigo, pero éste no le responde. Carlos se da cuenta que no va a tener dónde dormir y le hace señas a Sam de que deje de intentar y le pide que lo siga paseando.

–No se dónde más recorrerlo –dice Sam moviendo sus hombros hacia arriba.

–No te preocupes, Sam, regresemos al puerto –le responde Carlos. Sam le hace caso y maneja hacia allá.

La van se estaciona al pie del puerto. Carlos se baja y le hace señas a Sam para que lo acompañe, pero Sam no responde a su llamado, no parece entender a Carlos; sigue en su asiento solo observando a su pasajero. Lo mismo había sucedido cuando Carlos se bajó en la estación de tren, donde le había hecho señas a Sam para que se baje a comer, pero la mirada de Sam fue inerte y fija hacia Carlos y no transmitió señal de un “sí, no, o un no sé”. Su mirada estaba igual ahora. Esta vez, Carlos se acerca hacia Sam, cuya mirada sigue a su pasajero quien llega a su puerta y le toca la ventana. Sam la baja y le pregunta si ya se quiere ir.

–No, si acabamos de llegar. Te preguntaba si querías venir…

–Yo único me encargo de mover la volante –le responde Sam.

Carlos no dice nada más, se da la media vuelta y camina hacia uno de los muelles y se mete a uno de los yates, donde se sienta en uno de los sofás externos y se pone a contemplar las estrellas, la cuales recién están empezando a salir, ya que en esta época en Niza, la oscuridad llega en horas de la madrugada. De pronto, siente ganas de orinar; han pasado varias horas y no ha ido al baño desde que salió del aeropuerto. Carlos se baja el cierre y empieza a orinar hacia el mar mientras sigue contemplando las estrellas, aunque las empieza a ver algo borrosas.

Carlos se queda dormido. Pasa una hora, pasan dos horas, y Carlos abre los ojos. Lo primero que ve es el rostro de un japonés hablando raro. Carlos no logra descifrar en qué idioma le habla. Tampoco entiende qué hace en un yate. No sabe dónde está. Entre las cosas que le habla el japonés es la estación de tren. Sam le está diciendo que ya han pasado casi dos horas desde que Carlos se bajó de la van, y que ya son casi las cinco de la mañana, que ya tiene que llevarlo a la estación. También le cometa que ronca mucho, pero que gracias a eso lo encontró. Carlos reaccionó ante la realidad, cuando escuchó sobre la estación de tren.

Sentados de nuevo en la van, Sam y Carlos dejan el puerto. Sam le empieza a conversar de nuevo y le empieza a contar un poco sobre la historia de algunos edificios que van viendo camino a la estación. Hay algunas palabras y frases que Carlos no le entiende, pero Sam le habla con tanto entusiasmo, que Carlos lo escucha con atención, mostrándose interesado. Y es que lo está, está muy interesado tratando de descifrar bien qué es lo que trata de explicar el japonés.

–Este edificio es de los cincuenta, pero, ¡fue demolerán! –explica Sam.

Carlos no entiende si el edificio que está ahí es de los cincuenta; o si había existido ahí antes uno de los cincuenta, pero lo tumbaron para construir otro en la misma época; o si había uno de los cincuenta pero lo demolieron para hacer uno moderno. Carlos está tan soñoliento, que no puede observar bien el edificio, menos si el cielo está oscuro, a pesar de ser las cinco de la mañana.

Al llegar a la estación Carlos se despide, extendiéndole la mano a Sam; pero el japonés en lugar de responderle con la mano, le responde agachando su cabeza. Carlos mantiene su mano extendida, pero Sam insiste agachando su cabeza. Carlos no parece entender la situación, y Sam parece darse cuenta que su pasajero ha tenido una larga noche, por lo que finalmente le extiende la mano también.

Carlos toma su mochila y su maleta, se baja de la van y entra a la estación, la cual está llenándose de zombis, pero está vez Carlos no se inmuta; Carlos ya es uno de ellos. Revisa de nuevo los carteles con los horarios, donde confirma que efectivamente el único trayecto que queda disponible es a Frankfurt, pero dos días después; el día domingo. Carlos se dirige a la caseta que acaba de abrir, y compra su ticket para Frankfurt, donde luego allá tomaría un avión que lo llevaría de vuelta a su casa. El ticket del avión ya lo compraría cuando encuentre un lugar donde cargar su computadora.

Cuando Carlos sale de la estación hacia la calle, encuentra a Sam parado al pie de su van. Carlos no entiende por qué sigue ahí afuera de la estación. Carlos se le acerca y Sam le explica:

– La huelga continuó y hoteles seguirán ocupados.

–Mierda –es lo único que Carlos logra decir, mientras se queda quieto observando al japonés.

–Dormir conmigo mi van hasta las doce. Mi amigo ya tuvo una cama sin ocupar para ti a esa hora.

Carlos acepta la oferta sin decir nada; solo abre la puerta de la van y se echa al asiento trasero, donde se queda dormido de inmediato, despejando de su mente todo el paseo que tuvo con los zombis humanos y con Sam.

Los ronquidos de Carlos empiezan a sonar, mientras que Sam se convierte en un zombi; se trepa a su asiento con mucha lentitud, enciende el motor, y mueve la van despacito un par de cuadras. Luego lo apaga, reclina su asiento y se echa a dormir también.