CAÑA GUADÚA
Por: Econ. Cecilia Calderón de Castro
Tomada del Block BICENTENARIOS.
No solo los animales nos enseñan a apreciar la vida; también lo hacen las plantas. Cada una de ellas es un prodigio de la naturaleza, un regalo que Dios ha puesto en la Tierra para nuestro goce, sustento y aprendizaje.
Hay una planta que ha sido el alma misma de nuestra Patria campesina: la caña guadúa, un bambú cuyo nombre científico es Guadua angustifolia Kunth. Nuestra caña es endémica de Ecuador y Colombia, y figura entre los bambúes más apreciados del mundo. Sin embargo, como bien dice el refrán «nadie es profeta en su tierra», hoy —lamentable y erróneamente— muchos la consideran un símbolo de pobreza y exclusión, olvidando que es pilar fundamental de la identidad y la cultura montubia.
Mi papá, a quien le encantaba filosofar sobre la vida, era un enamorado de la caña guadúa. A menudo nos decía que debíamos reflejarnos en ella:
—La caña es fuerte, tan resistente que la llaman el «acero vegetal» —nos decía—, pero al mismo tiempo es profundamente flexible. Por eso, cuando sopla un viento huracanado que llega a arrancar de raíz a árboles gigantescos, ella simplemente cede con docilidad, se hamaquea de un lado a otro y regresa a su sitio, altiva y recta, una vez que pasa la tormenta. Mantiene siempre la fe y aprovecha esa ráfaga que otros temen para bailar a su compás, como una ballerina de gran estilo.
Es por esta razón que las casas de caña resisten los temblores y terremotos; las sacudidas no las derriban, aunque queden balanceándose un momento después de que la Tierra ha dejado de temblar.
También nos pedía fijarnos en su postura: a pesar de sus virtudes y fortalezas, la caña guadúa es humilde. Mientras más crece y se eleva, más se inclina en una reverencia serena, sin quebrarse jamás.
Nos hacía notar, asimismo, que la caña guadúa nunca crece en soledad; por eso siempre se habla de la «mancha de caña». Para desplegar su fuerza, belleza y vocación de servicio, necesita vivir y sostenerse en comunidad.
Mi papá la ponía también como ejemplo de paciencia. Este bambú tarda en brotar porque primero trabaja en silencio bajo la tierra, fortaleciendo sus raíces y llenándose de sabiduría. Aunque se la vea enorme, solo al cumplir cinco años estará madura y lista para ser cortada. De la misma manera, las niñas y niños deben estudiar y formarse durante años para echar raíces sólidas y luego, como la caña, elevarse tanto como puedan para servir a los demás.
La caña guadúa sirvió para levantar Guayaquil y también para edificar Lima. Cuenta la historia que, durante la Colonia, salían del puerto de Guayaquil barcos enteros cargados de maderas finas y caña guadúa hacia la Ciudad Virreinal. Por ello, en el Perú aún se la conoce como la Caña de Guayaquil. Don Víctor Emilio Estrada relataba además la leyenda de que el término «monos» nos lo asignaron los peruanos porque, en algunos de esos navíos repletos de caña, viajaban polizones simios y micos. Así que, si las cañas eran de Guayaquil, ¡los monos también lo eran!
En el centro de Guayaquil aún se conservan pocas casas centenarias construidas con caña guadúa; eran edificaciones de hasta dos pisos, frescas y elegantes. Es una pena que no hayamos estudiado a tiempo sus procesos constructivos para aprovechar la caña en la resolución de problemas habitacionales, de salud, producción y empleo.
La Fundación Hogar de Cristo realizó una labor formidable al emplear sistemas constructivos de caña para responder a la demanda de vivienda durante la gran migración del campo a la ciudad en los años 70 y 80, logro que le valió el Premio Mundial del Hábitat. Sin embargo, esas técnicas no fueron incorporadas a la normativa urbana; por el contrario, se llegó a prohibir la edificación con caña, a pesar de que nuestros suburbios nacieron y forjaron su nobleza gracias a ella. Estas restricciones…
